viernes, 22 de abril de 2011

Chapter 11.

Entre sus manos sonreí emocionada, la noticia del alta medica me hizo sentir mucho mejor; incluso sentía que mejoraba.

– ¿Quieres que hoy me quede? – me preguntó sonriendo Richard.
– ¿Y los niños? – Lo miré preocupada.
– Teresa se está encargando de ellos – contestó.
– Si quieres quedarte, me encantaría. Me siento muy sola... – sonreí.
– Me encargaré de que eso no pase – me besó, y así permanecimos un largo rato.

Cayó la noche.

– ¿Pero qué diablos? – gritó Mischa al ver la televisión.

Se veía un titular llamativo, con grandes letras diciendo: “La nueva novia de Ville Valo es Mischa Bauer”. A Mischa se le caía el rostro.

– ¿Cuándo pasó eso...? – se preguntaba con gritos de asombro.
– ¿Qué pasa mamá? – le preguntó Rochelle mientras estaba parada en la puerta.
– Oh, nada mi amor, no te preocupes... – dijo cambiando de canal.
– ¿Y entonces por qué gritabas? – se acercó a la cama.
– Estaba viendo las noticias y están pasando cosas muy malas... – dijo como excusa.
– Antes no era así... – dijo acurrucándose junto a Mischa.

La niña era muy madura para su edad, al igual que Cristal; son unas mujeres adultas en cuerpo de niñas pequeñas. Tuvieron una conversación sobre el daño del hombre al mundo, Mischa sabe que con su hija no existen límites. Ambas se durmieron juntas como en los viejos tiempos, cómo cuando sólo se tenían la una a la otra.

Por otro lado, en casa estaba Teresa cuidando a los pequeños.

– ¿Cuándo vendrá mamá? – preguntó Cristal mientras Teresa la arropaba.
– Hoy llamó el señor y dijo que mañana ya estarían de vuelta – dijo Teresa sonriendo.
– ¿Ya mejoró del todo? – preguntó preocupada la pequeña.
– Se supone que sí
– No quiero que vuelva al hospital, no la quiero allí... – dijo Cristal preocupada.
– Pero son cosas que pasan pequeña, uno nunca sabe lo que va a pasar... – dijo mientras se sentaba en la cama.
– Pero uno puede prevenir siempre... – Cristal miró con sus grandes ojos azules a Teresa mientras que esta guardó silencio.
– ¿Volvió con Richard? – preguntó curiosa Cristal, rompiendo el silencio.
– Sí ¿por qué? – se asombró Teresa.
– Me gusta ver a mamá feliz, espero que dure para siempre – dijo sonriendo.

Teresa se asombró y miro la hora, ya era tiempo de dormir y se marcho deseándoles buenas noches a los niños.
En la clínica, yo me encontraba sola en la habitación ya que Richard bajó a tomar café, me distraje viendo el cielo por la ventana; me sentía mejor, pero no me levanté. Sentí que alguien entró y me asombré.

– Hola – dijo con una pequeña sonrisa levantando una de sus cejas.
– Hola – le dije asombrada.
– ¿Cómo te sientes? – dijo mientras dejaba en una mesita las flores que traía.
– Me siento mucho mejor... gracias – dije reaccionando.

Se sentó junto a mí en la cama.

– Lamento no haber venido antes y perdona la hora – miró el oscuro cielo por la ventana.
– No te preocupes Brian – reí – Más vale tarde que nunca...
– Me alegro que mañana te den el alta – sonrió.
– ¿Cómo lo sabes? – lo miré extrañada.
– Hablé con el doctor – rió. – Bueno, creo que debo irme – miró la hora después de un rato.
– Tú me debes una conversación... – le dije levantando una ceja.
– Cuándo estés mejor te llamaré para que un día hablemos ¿si? – sonrió.
– Está bien, cuídate – correspondí su sonrisa.
– Igual tú – acarició mi mejilla y se fue.

Al rato entró Richard, que al parecer no se enteró de la visita de Brian, si no, no hubiese estado tan calmado. Allí se quedó, tomando mi mano toda la noche; vigiló mi sueño todo el tiempo.

Llegó la mañana y con ella mi alta.

– Buenos días – sonreía el doctor.
– Buenos días – respondió Richard mientras yo recién despertaba.

Ya me habían desconectado de todo, sólo faltaba el maldito veredicto del doctor.

– Bien Cony, ahora mismo puedes irte; pero debes seguir el tratamiento o volverá a pasarte lo mismo. Debes comer cosas livianas, tu esófago aún está sensible... – le dio a Richard un papel con el medicamento que debía usar.
– Tampoco puede beber alcohol ¿no? – le preguntó Richard.
– Por supuesto que no, por lo menos hasta unas tres semanas – dijo mirándome mientras yo hacía un mueca de disgusto. – Es por tu bien... – agregó el doctor.

Habló con Richard un buen rato sobre mi tratamiento.

– Puedes irte – dijo sonriente el doctor mientras salía.

Eso me puso feliz, me levanté con ánimo y al momento de ponerme de pie, caigo al suelo.

– ¡Amor! – grito Richard asustado mientras me recogía. – ¿Te sientes bien? – preguntó preocupado.
– Si... – le dije extrañada – Mis piernas aún están débiles... – lo miré apenada.
– Traeré tus cosas – sonrió dejándome allí en la cama.

Se encargó de vestirme con cuidado, se comportó como un padre puede cuidar a su hija, me conmovió. Con las cosas listas para irnos, me cargó en sus brazos hasta el auto que esperaba en la entrada.

– Te dolerá la espalda, bájame – le dije.
– No soy tan viejo – dijo riendo.

Con una mano abrió la puerta del copiloto y me sentó allí, guardó el bolso con la ropa en la parte de atrás y subió.

– A casa se ha dicho – dijo encendiendo el motor.
– ¿Tuya o mía? – pregunté.
– Nuestra... – respondió besándome.
– ¿No era que ya habías comprado una? – pregunté extrañada.
– No pienso dejarte sola en ese estado – me miró dulcemente mientras manejaba.

Mientras tanto Mischa estaba con ataque de histeria en casa.

– ¿Cómo es posible? – Gritaba mirando los cinco test de embarazo sobre el lavamanos – No lo entiendo... – paseaba de un lugar a otro cómo un ratón atrapado.

Todos los test habían resultado negativos, lo que desconcertó a Mischa; no conforme llamó a su ginecóloga.

– ¿Hola Sharon? – preguntó.
Si ¿Mischa? 
– Necesito una cita... – le dijo preocupada.
Bueno, mañana ¿te parece? 
– Claro, gracias – cortó.

La duda la mataba por dentro y lo mejor era salir del misterio llegando al grano.
En eso, Richard estaciona el auto junto al mío en el garaje, bajó primero para llevarme adentro en sus fuertes brazos; me dejó un rato en el sofá hablando con Teresa mientras él iba arriba a guardar la ropa. La empleada me preparó un desayuno liviano como lo indicó el doctor.

– Qué bueno es tenerla de regreso – dijo feliz Teresa.
– A mi también me alegra estar de regreso – sonreí comiendo.

Llegó Richard con ropa cambiada, le sonreí cómo en los viejos tiempos.

– Vamos, te llevaré al cuarto – me dijo tomándome en sus brazos otra vez.
– Me siento como una inútil – le dije apoyando mi cabeza en su hombro.

– No digas eso, lo hago por tu bien – me besó la mejilla mientras abría la puerta de, ahora, nuestra habitación.

Me dejó en la cama y entró al baño. Yo encendí el televisor y pude ver un anuncio, de un concierto masivo al que se presentaban muchas bandas; me asombré al ver a Nevinger en la lista.

– Pero... ¿qué...? – dije muy extrañada.

“¿Quieres perderte el concierto de tu vida? ¡¡Metallica, Slipknot, Iron Maiden, Arch Enemy, Nevinger, Lordi, Avenged Sevenfold, Dark Revolution, Korn, Megadeth, Polution, Slayer y muchos más!! Te esperamos el próximo viernes 13 de Mayo en el centro deportivo de los Ángeles. Las entradas ya están a la venta. ¿Perderás este gran fin de semana?”

Quedé con la boca abierta; nadie había hablado conmigo y se supone que en la banda yo doy la última palabra. Mischa tampoco me había comentado nada, me parecía muy extraño. Llegó Richard.

– ¿Qué pasó? – me miró curioso.
– Nada – dije apagando el televisor.
– La tina está lista – sonrío.

Lo miré con los ojos muy abiertos, no le había dicho que quería bañarme, pero si quería, le sonreí.

– ¿cómo voy a bañarme así? – levanté mis cejas.
– Yo puedo ayudarte... – me miró dulcemente.

La situación iba a ser muy extraña, pero no pensaba en negarme... Me llevó en sus brazos al baño.

– No te haré nada malo... lo prometo – dio mirándome con una sonrisa sincera en su rostro.
– Confío en ti – besé su frente.

Me sentó en el inodoro, se inclinó y quitó mis botas con cuidad, desabrochó mis ajustados pantalones y los quitó lentamente mientras yo lo miraba atenta. Me quitó los calcetines.

– Levanta los brazos amor – dijo dulcemente.

Hice caso y quitó mi camiseta dejándome en ropa interior. Una vergüenza sin sentido se apoderó de mi cuerpo e hizo que mis mejillas se sonrojaran.

– Ya te dije que no haré nada – sonrió nervioso.

Asentí con una sonrisa avergonzada. Sus cálidas manos tocaron mi espalda buscando el broche de mi sostén, hasta que lo encontró y lo quitó para dejarlo junto con el resto de la ropa en un mueble del baño. Luego rodeo mis caderas con mucho cuidado y bajó poco a poco mi ropa interior.

– Levanta tus piernas un poco – dijo mirándome sin malas intenciones.

Obedecí, sus manos rozaron todas mis piernas hasta quitas el calzón y dejarlo con el resto de la ropa. Se paró en frente mío con sus manos en la cintura, me miraba con una leve sonrisa.

– Que linda te vez así... 

Sonreí tímidamente, se acercó a mí y en sus brazos me llevó a la tina con agua caliente, con cuidado pasó el jabón por todo mi cuerpo, después soltó mis cabellos y los bañó con shampoo.

– Cierra los ojos – dijo antes de sumergirme para enjuagar el cabello.

Acarició todo mi cuerpo para quitar el efecto del jabón, masajeó lentamente mi vientre y los pliegues bajo mis pechos y brazos. Aplicó jabón en mi rostro y lo quitó suavemente; acarició mis mejillas, rozó mi nariz y peinó mis cejas; luego sus manos quitaban el jabón de mis piernas, poco a poco subió a mis nalgas y mi entrepierna. Pensé que se sobrepasaría, pero no lo hizo. Tomé una de sus manos y la puse en mi mejilla.

– Gracias por todo... – dije en un susurro.

Me miró extrañado, allí inclinado al costado de la tina.

– No agradezcas nada... – dijo acariciando mi rostro.
– No cualquiera me bañaría... – lo miré directo a sus ojos.

Sonrió, sacó el tapón de la tina para que esta se vaciara; con una toalla me rodeó y tomó en sus brazos otra vez, me sentó en el inodoro de nuevo y comenzó a secarme. Tomó otra toalla y la colocó en mi cabello mojado, secó todo mi cuerpo, sin excepción alguna y luego se dedico a aplicar el desodorante, el perfume, las cremas, todo. Salió del baño y allí quede desnuda sentada, esperando; volvió con mi ropa en sus brazos.

– ¿Y eso? – pregunté extrañada.
– Lo compré hace mucho tiempo, creo que hoy podrías usarlo – sonrió.

Colocó unos colalés negros de bordes rojos y un sostén del mismo diseño; eran muy sexys; me asombré.

– ¿Y esto? – lo miré con una sonrisa.
– Ya te dije, los tenía guardados – sonrío mientras abrochaba el escotado sostén.

Se levantó y de una linda bolsa sacó un hermoso vestido rojo pasión, me levanté como pude y lo pudo acomodar en mi frágil y delgado cuerpo, después de la misma bolsa sacó unos tacones negros y los acomodó en mis pies, una sonrisa estuvo impregnada en su rostro todo el tiempo; además sacó de su bolsillo un collar con un cristal negro que se posó un poco más arriba de donde chocaban mis pechos; colocó unos aretes negros en mis orejas y con mucho cuidado arregló la argolla en mi nariz.

– Estás casi lista – sonrió mientras me llevó en sus brazos al cuarto.

Me sentó en la cama y en mis muñecas rodeó unos hermosos brazaletes negros cristalinos, trajo también mi maquillaje y lo dejó junto a mi.

– Esto deberás hacerlo tú – sonrió y salió del cuarto.

Me maquillé un poco, solo me apliqué delineador y sombra clara en los ojos; pude mantenerme en pie y fui al baño para peinarme, mi pelo natural es ondulado y preferí dejarlo así, acomodé a un costado mi flequillo y me miré en el espejo. No podía creer que yo fuese la del reflejo, me veía tan diferente, tan femenina y linda.

– Amor ¿puedes bajar? – gritó desde el primer piso Richard.
– ¡Ya voy...! – grité con una sonrisa inocente.

Bajé las escaleras con mucho cuidado y encontré a mucha gente, estaba Nevinger, Rammstein, los chicos de Avenged Sevenfold, Lu, mi hermano, James, Dave, Arch Enemy, me paralicé.
Richard tomó mi mano mientras todos me saludaban y decían lo linda y diferente que me veía.

– Nos alegramos que estés bien... muy bien – dijo Mischa abrazándome.

Sonreí, todos celebramos un rato hasta que Richard pidió silencio, todos obedecieron y Till reía. Richard se parí en frente de mí, delante de todos.

– Amor, hace tres años que no divorciamos, mi vida se volvió mala porque perdí mi razón de existencia; pasé mucho tiempo pensando en todo lo que podía hacer para tenerte conmigo de vuelta, pero cómo bien dicen, el destino hizo lo suyo. Connie, yo te amo con todo mi corazón, cada parte de mi ser te pertenece; eres la luz que alumbra mi oscura noche, eres la razón de cada latido que mi corazón da, eres lo más importante que tengo. Te doy las gracias delante de toda esta gente por soportarme los cinco años que estuvimos casados, te doy las gracias por darme dos bellísimos hijos, te doy las gracias por existir... – Richard se inclinó – Pero quiero que nuestro matrimonio perdure más de cinco años... – sacó un pequeña caja, la que abre mostrando un hermoso anillo – ¿Quieres casarte conmigo? – sonrió con un brillo especial en sus ojos.

Me impresionó, mi corazón comenzó a latir rápido, mi respiración se hizo silenciosa y mis ojos se tornaron lagrimosos...

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