Agosto
había llegado, nuestro nuevo álbum estaba siendo trabajado, faltaba poco para
poder grabar las canciones, ya que estando embarazada no debo arriesgar a los
gemelos a sonidos poderosos, les podía hacer daño.
–
(…) Entonces las cosas se complicaron y James fue a parar
al hospital – rió Mischa.
–
¿Pero como pasó eso…? ¿Qué era lo que estabas haciendo con
James…? – reí.
–
Ah bueno… ya sabes, ‘cosas’
– rió a carcajadas.
–
¿Tuviste sexo… con James otra vez?
–
Sí, pero no le digas a nadie, sabes que con James son esas
cosas locas que pasan en la vida, como tú con Corey.
–
Sí, entiendo, pero con Corey ya no pasa nada desde antes de
su matrimonio Mischa, así que no me vengas a insinuar nada – sonreí tocándome
la panza.
–
Ah bueno, eso no lo sé – rió.
–
¿No confías en mí? – sonreí haciéndome la dañada.
–
Si confío, pero tu sabes que Hetfield… es como el amor de
mi vida…
–
Pero te dejo por otra argentina – reí cruelmente.
–
Gracias – dijo seria.
–
De nada – seguí riendo.
Mientras
conversábamos sobre su revolcón con Hetfield de hace unos días, me vino un
terrible dolor en la pelvis, me retorcí sobre la cama mientras Mischa llamaba a
la ambulancia.
–
Creo que llegó el momento – dije con dolor.
–
¿Dónde mierda está Sean? – gritó Mischa.
–
¡No grites que me alteras! – grité.
Corrió
abajo donde Teresa y le pidió que llamase a Sean, la ambulancia no tardó en
llegar y me subieron a ella con sumo cuidado, debía hacer fuerza para
mantenerme consciente, el dolor era demasiado potente y sinceramente no sé si
resistiría este momento tan esperado.
–
Tranquila, todo va a estar bien… – decía Mischa apretando
mi mano.
–
¿Y mi hombre? – le susurré.
–
Va camino a la clínica, tranquila Nixie, todo va a estar
bien – sonreía más nerviosa que yo.
No
recordaba como se sentían las contracciones, eran tan dolorosas, con Lilian no
sufrí tanto, bueno, aunque era tan solo una pequeña niña.
Sentía
que este momento sería único, los nervios no los sentía tan latentes como el
fuerte dolor en mi parte baja; la mano de mi hermana me apretaba con fuerza
mientras yo correspondía de la misma manera, el maldito sonido de la sirena de
la ambulancia me ponía aún más nerviosa. Parecía como que poco a poco fui
perdiendo la consciencia, mi presión bajo drásticamente como lo hacía cada vez
que me sucedía algo.
–
¡No te desmayes ahora! – me gritó Mischa.
–
No me siento bien… – dije manteniendo la calma.
–
Tranquila señora, ya llegamos a la clínica – dijo la
enfermera que venía junto a nosotras.
Me
sacaron en esas camillas y me llevaron adentro, alejándome de mi mejor amiga
como una terrible pesadilla.
–
Estoy llamando a Sean – me dijo a la lejanía.
Asentí
con dolor. Corrieron por los pasillos como un auto de carreras, y eso me ponía
aún peor, parecería estúpido, pero pensé que llegaría a caerme de la camilla.
Me ingresaron a una sala con muchos doctores, me dieron de beber algo y
comenzaron a quitarme la ropa; en menos de lo que pensé ya estaba usando
aquella bata de hospital.
–
¡¿Pueden apresurarse?! – grité tocándome el vientre.
–
Señora, necesito que mantenga la calma, todo saldrá bien…
–
¿Cómo quieres que esté calmada? ¿Acaso sabes como me duele
esto? – le grité.
Ellos
rieron un poco y me volvieron a recostar en esa camilla, ya listo para dar
inicio al proceso…
NARRA:
Sean Flanery.
–
¡Apresúrate! ¡Tú mujer
acaba de entrar a sala de parto! – gritaba Mischa al otro lado del teléfono.
–
Voy en camino ¡Tranquilízate! – grité nervioso.
–
Solo apresúrate… ¿si? – me cortó.
–
Mujeres… – dije agobiado.
Manejé lo más rápido que pude, el tráfico era un
asco, jamás en mi vida odie tanto que en Los Ángeles existieran tantos
vehículos. Apreté el acelerador y salí por la carretera este, volé sobre el
asfalto a gran velocidad, no podía creer que hoy volvería a ser padre…
Estacioné
el auto como pude y corrí adentro de la clínica, los chicos de la banda estaban
todos aquí, también algunos de sus amigos y las parejas de ellos, jamás en mi
vida tanta gente venía al parto de mi mujer…
–
¡Corre adentro! – me gritó Mischa, estaba
como loca.
Me
empujaron entre todos y llegué a la sala en donde ella estaba media
anestesiada, me dieron un traje de esos y le tomé la mano. Se veía cansada,
agobiada y con miedo, sus ojos oscuros lo demostraban. Apretó mi mano con
fuerza mientras el doctor me pedía que la calmara, todo el tiempo repetía: ‘Cuida a los bebés, cuídalos, no los dejes
solos…’ Como si en algún momento ella pensara dejarme solo en este mundo,
eso no podría soportarlo.
Dieron
inicio a la labor de parto y mis nervios explotaron, le abrieron la panza a mi
amada y el sonido fue aterrador, sonaba tal como si abrieran una sandía, era
extraño… La mano de Nixie no dejaba de emitir fuerza y eso me mantenía
tranquilo; los doctores hablaban y hablaban en sus términos que jamás entendí,
pero creo que era algo sobre la presión sanguínea.
–
Ya vienen – dijo el médico.
–
¿Escuchaste eso…? – sonreí emocionado.
Ella
tan solo simulo sonreír, sus ojos apenas demostraban vida, comenzaba a
preocuparme por su estado de salud, el doctor que la trató durante su embarazo
dijo que sería riesgoso, había que tener mucho cuidado para que todo saliera
bien y sinceramente ya me estaba asustando con todo esto.
Besé
su frente, acaricié su mejilla cuando de pronto sus ojos se cerraron por
completo y unos llantos de bebés se escucharon en el aire de la fría
habitación.
–
¡Han nacido! – gritó una enfermera animada.
–
Felicitaciones señor Flanery, sus bebés están en buen
estado – me dijo el doctor.
–
Soy padre… – dije en shock.
–
Los limpiaran y luego los traerán, así que tenga un poco de
calma – escuché por ahí.
–
¡Soy padre! – grité.
–
Doctor, la presión de la paciente está bajando
drásticamente – decía otra de las enfermeras.
–
¿Nixie? Mi amor… – intenté que reaccionara.
–
Señor, le vamos a pedir que abandone la sala, por favor… –
me tomaron del brazo.
–
¡No! ¿Qué le pasa a mi mujer? – grité mientras me jalaban.
–
Vamos a estabilizarla, por
favor, colabore – me decían una y otra vez.
A
la fuerza me sacaron de allí, cerraron la puerta en mi cara mientras nadie me
decía lo que le pasaba a mi amada, sentí como el alma escurría en mi
respiración, el miedo se hacía latente a cada segundo. Volví a la sala de
espera donde estaban todos, me miraron preocupados al ver la cara de terror que
tenía, ella se atrevió a hablar primero.
–
¿Qué sucede? – preguntó Mischa.
–
No lo sé – dije tomando mi cabeza mientras me sentaba.
Todos
se miraron preocupados, nadie se atrevía a hablar, todos ya imaginaban
catástrofes tal como lo hacía yo, pero en verdad nada era seguro… solo quedaba
esperar.
Corey
se sentó junto a mí, disimuladamente, sonriendo complicado.
–
¿Cómo están tus bebés?
–
No lo sé…
–
¿Cómo no lo sabes? ¿El doctor no te dijo nada? – se
extrañó.
–
Los sacaron por cesárea, eso es todo lo que sé – dije con
la mirada ida.
–
¿Y… Nixie? – preguntó con miedo.
–
Su presión bajó demasiado… ¡No lo sé! Me sacaron a la
fuerza, no sé lo que está sucediendo allá adentro – dije agobiado, con el
corazón en la garganta – No quiero que le pase nada ni a ella ni a mis hijos…
–
Te entiendo Sean, pero mantén la calma, ella siempre tuvo
problemas con su baja presión… – dijo como un consuelo.
–
Pero esta vez es diferente…
–
Solo nos queda esperar – puso su mano sobre mi
hombro.
Y
así fue. Todos caminaban nerviosos de un lado al otro, preocupados, con miedo,
ansiosos por saber que diablos sucedía ¿Por
qué mierda tardaban tanto?
Entonces
pasaron unos 15 minutos para que al fin un médico de esos apareciera con una
cara terrorífica que hizo alterar a todos.
–
¿Señor Flanery? – me miró.
–
Si, ¿Qué sucede con mi mujer? – dije rápidamente.
–
Ya logramos estabilizarla, está bien, solo fue una
descompensación, ya no hay de qué preocuparte – sonrió – Ahora puede pasar a
ver a los pequeños… si usted gusta, la vitrina está apta para que todos vean a
los pequeños – dijo alegre.
–
Muchas gracias – sonreí aliviado – ¿Ella está despierta?
–
Sí, acaba de despertar ¿Quiere verla?
–
Claro – sonreí.
–
Sígame…
Todos
aplaudieron y rieron al escuchar lo que el doctor acababa de decir, eso me puso
muy alegre. Caminé tras él y entre al cuarto en donde estaba la mujer más bella
del mundo con dos pequeños idénticos entre sus brazos, uno en cada uno.
–
Pero miren nada más – sonreí emocionado.
–
Hola – susurró ella, cansada.
–
¿Cómo te sientes? – me senté junto a ella.
–
Ya mejor, pensé que no despertaría nunca – rió.
–
No digas esas estupideces – dije con miedo – ¿Cómo están
los pequeños? – los miré.
–
Aquí, bien, con hambre – volvió a reír.
Sus
pechos crecidos excesivamente amamantaban a cada uno por un lado, era una
imagen realmente ansiada por mí, tenía tantas ganas de tener a los pequeños
entre mis brazos que ya quería que dejaran de tomar leche por un momento.
En
eso, entró una enfermera sonriente, con una bolsa de suero para Nixie, y
sonriente se acercó a ver a los niños.
–
El doctor dijo que podía abrir la cortina para que todos
vieran a los pequeños, si ustedes gustan – dijo amable.
–
¿Ya podemos? – dijo ella.
–
Claro, si quiere yo puedo abrirla…
–
No, descuida, nosotros lo haremos ¿podrías reunir a toda la
gente en la ventana? Por favor – sonrió.
–
Está bien, nos vemos luego. Felicidades – acarició a los
pequeños.
Ambos
sonreímos, Nixie dejó de amamantar a los pequeños y me dio a uno, guardó sus
pechos bajo ese traje una vez más y me miró con dulzura, la besé.
–
El que tienes entre tus brazos… es Derek – sonrió.
–
Oh, este pequeñín es Derek – lo miré atento, él me sonreía.
–
Y este pequeño… – lo miró con ese cariño de madre – es
Dero…
–
Dero… – susurré sonriendo – Derek y Dero, los pequeños
Flanery.
Ella
sonrió y me puse de pie para volver a besarla; luego, con Derek entre mis
brazos caminé a la gran ventana que daba al pasillo y abrí las cortinas,
logrando así que todos nuestros amigos vieran a nuestros hijos.
–
Oh por Dios… ¡¡Son
hermosos!!
– gritaban las chicas del otro lado del vidrio.
Eso
nos hizo reír a todos, me gustaba que ellos vieran a nuestros pequeños. Dos
lindos y tiernos chicos de cabello anaranjado, de ojos azules, con una piel
sumamente blanca tal como su madre; su cabello debe haber sido una combinación
extraña entre mi color rubio y el rojo de su madre, pero les venia bien, y
pues, los azules ojos son herencia mía, eso es obvio. Eran hermosos, los bebés
más bellos de este planeta.
Mischa
no soportó y entró, estaba más emocionada que la misma Nixie, su cara de felicidad
me hacía estallar de emoción, jamás en mi vida me sentí así. Se acercó a Nixie
y tomó al pequeño.
–
Chicos, ustedes hacen la combinación perfecta de bebés,
parecen de esos de las películas – sonreía con el niño entre sus brazos.
–
No exageres – reía Nixie.
–
Son bellísimos, lo digo en serio – la miró – ¿Cómo se
llaman los principitos?
–
El que tiene Sean se llama Derek, y el que está contigo…
Dero – sonrió.
–
¿Dero…? – la miró sorprendida.
–
Es un lindo nombre, digno para nuestro hijo – dije con
orgullo.
–
Es perfecto – sonrió Mischa.
Uno
a uno, fueron entrando para ver a los pequeños, les tomaban fotografías, otros
los grababan y bueno, el resto simplemente los tomaban en sus brazos y les
hacían caretas, todos, pero todos estaban felices con la llegada de los pequeños
a la familia. A eso de las 20.45 de la noche al fin quedamos solos, los
pequeños ya estaban durmiendo cuando pudimos entablar una conversación sobre el
futuro de los niños.
–
Quiero que Norman sea el padrino de uno de ellos… – le
dije.
–
No hay problema, ya tengo en mente a los cuatro elegidos –
sonrió.
–
¿Ah si? – reí.
–
Norman, Alex, Lu y Naomi serán los padrinos de los niños,
no importa de quien, pero ellos serán… ¿está bien? – dijo seria.
–
Está bien mi amor, tú tomas las decisiones – reí.
–
Será mejor que vuelvas a casa, no quiero que los niños
estén solos tanto tiempo…
–
Si, me voy ahora, les mostraré las fotos de sus hermanitos
– sonreí – Te amo, descansa y vengo por ti mañana al medio día.
–
En la mañana ve a inscribir a los pequeños al registro ¿de
acuerdo? Quiero que tengan su nombre y sea legal – sonrió.
–
No te preocupes, será lo primero que haré mañana… Buenas
noches – la besé.
–
Te extrañaré – dijo en un susurro.
–
Y yo a ti mi amor…
Besé
a mis hijos y salí de allí, caminé muy feliz al estacionamiento, encendí el auto
y volví a casa luego de pasar todo el día en la clínica cuidando de mis
pequeños.
Al
llegar a casa Teresa y los cuatro pequeños me recibieron felices, con una cena
extraordinaria, los abracé, estaba muy feliz, Teresa lo notó y fue la primera
en preguntar por Nixie. Les conté todo, cuanto pesaron los pequeños, cuanto
midieron… como eran, que hacían, a quienes se parecían; los chicos estaban
ansiosos por conocerlos, les mostré las fotos que había tomado, les mostré unos
videos y solo querían que llegaran a casa pronto para poder mimarlos y como
ellos mismos dijeron: Protegerlos de
cualquiera que quiera hacerles daño.
La
felicidad que tenía en mi interior era incomparable, no había estado tan feliz
desde que nació Lola, y eso fue ya hace mucho tiempo, pero ella también era mi
hija. Los pequeños serán bien recibidos en casa, de una u otra forma su nueva
vida será la mejor… nada malo les podrá pasar con cuatro preocupados hermanos.
Esta
es mi nueva familia, la que elegí y de lo que no me arrepiento.
Este
es un gran paso, uno de muchos.