viernes, 15 de abril de 2011

Chapter 09.

Era medio día en el hotel, ahí aún permanecían ambos individuos desnudos; ella ya despierta comenzó a preocuparse. Imaginó mil cosas, pero una sonrisa en su rostro se mantuvo todo el tiempo, no podía creer que había pasado la noche con su amor platónico; pese a ello tomó sus ropas y se fue, dejó allí al que podía haber sido un gran... novio.

Marcó el número de una persona especial.

– Necesito hablar contigo lo antes posible... 
¿Pasó algo grave? – preguntó la voz extrañada.
– Sí, es urgente que nos veamos – contestó Mischa mientras caminaba a casa.
Bien, mañana estaré contigo 
– Me parece bien – cortó mientras entraba a su casa.

– ¿Dónde pasaste la noche? – le preguntó Zack de brazos cruzados cuando aún Mischa estaba cerrando la puerta.
– Me raptaron – dijo con los ojos bien abiertos.
– ¿Ah si? – dijo sarcástico.
– Si... – caminó al sofá Mischa.
– Tenemos que hablar... – le dijo Zack.
– Si... muchas cosas – agregó ella.

Ambos se sentaron el la sala y hablaron seriamente sobre la relación que estaban llevando; hubo lágrimas y risas, pero lo más importante es que fueron sinceros.

– ¿Entonces? – preguntó él con sus cejas levantadas.
– ¿Amigos? – dijo ella mientras sonreía calidamente.

Zack sonrió y la abrazó tan fuerte como pudo, Mischa le correspondió y ambos acordaron un divorcio justo. Su relación fue apresurada y no se dieron cuenta que pasaban más tiempo con los demás que con ellos mismos. Hablaron con sus abogados respectivamente, ya todo se ponía en marcha.

En mi casa los chicos con resaca despertaron al momento en que Richard entra a la casa.

– Hola – dijo mirándolos tirados en los sofás.

Los tres hicieron señas de saludo mientras que el alemán hablaba con Teresa.

– ¿Y Connie? 
– Está arriba – dijo sonriente.

Y allí fue Richard, golpeó la puerta mientras oía que yo vomitaba.

– ¡Cony abre! – gritaba desde afuera.

Mi mano bañada en sangre no podía contener mi explosión interna dentro de mi boca, asustada abrí la puerta y vi como a Richard se le caía la cara de asombro.

– ¿Qué te paso? – me preguntó muy asustado.

Mi mano enrojecida cubría mi boca y con mis cejas le dije que no lo sabía. Le dijo a Teresa que llamase una ambulancia, lo que preocupó a los chicos.

– ¿Qué le pasó a Nixie? – gritaba Andréu.
– ¡Dinos que le pasa! – gritó Petter.

Richard hizo que me tapase la boca con una toalla y él me lavó las manos ensangrentadas.

– ¿Desde cuándo estás así amor? – me decía en un tono muy preocupado.
– Desde hoy en la mañana... – le murmuré con la toalla en mi boca.

En ese momento llegó la ambulancia y Richard me acompañó; llegamos al hospital y me internaron, me conectaron a unas bolsas de suero.

– No quiero quedarme aquí... – le dije a Richard tomándole la mano mientras lo miraba asustada.
– Es por tu bien mi vida – dijo al mismo tiempo que besaba mi mano.

En ese lapso llega el doctor con los resultados de los exámenes.

– Bueno Cony... tu esófago está teniendo un mal funcionamiento, los sangrados explosivos fueron provocados porque no seguiste el tratamiento y no cicatrizaron del todo las paredes del tubo, el reflujo que actúa con ácidos estomacales provocaron que las heridas se abrieran... – dijo revisando su planilla.

Lo miré recordando el accidente y me molesté.

– ¿Cuánto tiempo debe quedarse? – preguntó muy preocupado Richard.

El doctor me miró y miró su planilla.

– Creo que en dos días estará mejor y podrá irse 

Al oír eso cerré mis ojos de dolor.

– Estarás bien – dijo Richard mientras acariciaba dulcemente mi mano. – Yo me encargaré de los niños – dijo con una sonrisa melancólica.

El dolor se fue junto con el doctor, unas lágrimas escurrieron por mis mejillas; el recuerdo de mi pasado accidente me atormentó; fallecí, perdí mi vida hace tres años. Al igual que ahora me pronosticaron que en unos 2 o 3 días estaría mejor, pero no fue así; empeoré con el tiempo hasta estar un mes completo luchando por mi vida con transplantes de sangre y mucho suero.
No podía permitir que eso volviese a ocurrir, mi vida tenía sentido otra vez, no quería morir, todo iba tan bien...

– Tranquila, las cosas estarán bien – decía en un susurro el amor de mi vida mientras sus manos acariciaron mis mejillas y secaron mis lágrimas, sabiendo lo que yo estaba pensando.

Sus ojos se tornaron lagrimosos, y eso me derrumbó.

– No llores... – le dije acariciando una de sus manos.
– Tienes que mejorar... – me dijo besando la punta de mi nariz.

Sonrió melancólico mientras una enfermera le indicaba que el horario de visitas había acabado.

– Te amo cariño – dijo mientras salía.
– Y yo a ti... – le dije sin que él pudiese escucharme.

Allí quedé sola, viendo como el cielo se oscurecía, el miedo a morir no existía, el temor a dejar solos a mis pequeños me carcomía las ideas. Una de esas mujeres que ven el futuro predijo una vez que moriría cerca de los 35 años y para ser sincera, nunca me he puesto a pensar que sería de mi vida después de los 35; de cierto modo asumo mi muerte a tan temprana edad. He cumplido todos mis sueños, no tengo nada que perder, solo... unas cuantas cosas, que a decir verdad son muchas.

En casa de Mischa; Zack se mudaba, sacaba toda su ropa y sus pertenencias de la casa de la gran Bauer; mientras eso sucede, los tres restantes de la banda llegaron asustados a contarle a Mischa lo que había pasado.

– ¿Qué? – gritó Mischa preocupada.
– Como oíste, Nixie está internada... – dijo preocupado Andréu.
– ¿En dónde está? – preguntó ella.
– No vale la pena, ya se acabaron las horas de visitas – dijo Petter melancólico.
– Mierda, esto no puede estar pasando... – miró el suelo.
– Estará bien – dijo Mr. B. mientras la abrazaba.
– Espero que sea así – respondió melancólica.
– Richard se quedó con ella... – agregó Alex también preocupado.
– ¿Y los niños? – dijo Mischa.
– Con Teresa...
– No pueden estar solos, tráiganlos aquí... – dijo preocupada.
– Yo los traigo – dijo el rubio mientras corrió a mi casa.
– Imagino como debe estar Richard... – suspiró Mischa – Iré al hospital, cuiden a los niños – agregó y partió en su auto en dirección del hospital.

La situación se volvió tortuosa a cada momento más y más, no podía volver a pasarme esto. Mischa llegó y encontró a Richard en la sala de espera.

– Hola – le dijo Mischa sentándose junto a él.
– Hola... – dijo con una voz débil.
– ¿Cómo estás? – preguntó preocupada.
– ¿Cómo quieres que esté? – dijo entre lloriqueos. – Vine a darle la gran noticia de mi mudanza y me encuentro con esto... – agregó cerrando los ojos y silenciando su llanto.

Mischa no sabía que decir, se sentía igual que él.

– No quiero perderla – dijo Richard abatido.
– Yo menos – dijo Mischa abrazándolo. – Tranquilo gran hombre... hay que ser positivos – acarició su espalda.
– Intento hacerlo, pero pienso que he pasado por mucho para recuperarla y el destino siempre intenta quitarla de mi lado... – dijo mientras correspondía el abrazo.

Juntos pasaron la noche esperando noticias; en casa de Mischa estaban Petter, Andréu y Alex dándoselas de niñeras. La noticia de mi estancia en el hospital no demoró en hacerse pública, las mismas enfermeras divulgaron la noticia. En cosa de minutos, fans de todos lugares hicieron llegar a mi cuarto regalos y tarjetas de apoyo.
Cuando amaneció la habitación estaba repleta de globos, peluches, banderas de variados tipos, tarjetas y una infinidad de cosas. 
Me despertó un pinchazo en mi brazo izquierdo, abrí mis ojos y vi al doctor.

– Buenos días señorita – dijo dándome ánimo.

Le sonreí como pude y pedí ver a Richard.

– Está afuera con una señorita que llegó anoche. – dijo mientras salía.

Entró Richard y corriendo se acercó para besarme.

– ¿Cómo te sientes mi vida? – me dijo entre cortado mientras me besaba una y otra vez acariciando mis pálidas mejillas.
– Me siento muy débil... quiero irme de aquí – le dije en un tono débil y sin ganas.
– No te irás hasta que te encuentres bien – me miró fijo a los ojos. – Mischa está afuera – sonrió.
– Quiero verla... – dije complicada.
– Está bien – salió.

En cosa de segundos entró mi gran hermana.

– Por todos los demonios ¿Cómo estás? – me dijo afligida en un abrazo.
– Apenas puedo hablar, el dolor hace que mi garganta arda... – le contesté.
– Oh, lo siento pequeña; hablé con el doc. Y dijo que la medicina está haciendo efecto – me dijo acariciando mi brazo. – Saldrás pronto de aquí... – sonrió.
– Eso espero – dije cerrando mis ojos.
– Estás más blanca de lo normal... – dijo preocupada.
– Porque perdí mucha sangre – contesté en un susurro.
– Debes ser fuerte Nixie.
– Lo intento – la miré melancólica. – Quiero irme de aquí maldita sea – apreté mi puño.
– Seguirás evolucionando y saldrás de aquí antes de lo que crees, ¿Viste todo lo que te mandaron los fans? – me miró con una sonrisa.
– Sí, los amo... pero me trae malos recuerdos... 
– Deja de pensar en eso, estás viva. Olvida ese día... – me dijo enojada – Así nunca mejorarás... 
– Lo siento... – dije en un susurro.

Me miró y me abrazó otra vez.

– Le diré a Richard que se quede contigo, iré a casa a ver a los niños – me dijo despidiéndose con un beso en mi amplia frente.

Se marchó y entró Richard con un hermoso ramillete de flores; él de verdad me conmovía, pero me hacía sentir que algo malo iba a pasar. Su sonrisa me llenaba de vida y en este momento necesitaba verla para complementarme.
Tomé su mano y miré frágil.

– No quiero preocuparte...
Guardo silencio mientras dejaba las flores en la camilla, acarició mis cabellos delicadamente.
– Quiero que mejores pronto cariño – sonrió calidamente, pero al mismo tiempo por una de sus mejillas corrió una pequeña y cristalina lágrima.

Me llenó de vida al mismo tiempo que me rompía el alma. Se acercó a mí y volvió a besarme, me dormí entre sus labios. Estaba muy débil y lo único que podía hacer era dormir. El sexy hombre se quedó allí conmigo, vigilando mi sueño y acariciando mi brazo sin uso de las agujas.
En casa de Mischa los tres tipos parecían más niños que los propios chicos; Mischa llegó e impuso un orden necesario. A los niños los mandó a hacer sus deberes escolares y a los grandotes los mantuvo quietos un buen rato.
Petter se marchó a su bar y Andréu a su hogar; Alex acompañó a Mischa un rato y luego se fue. 
Sonó su teléfono.

– ¿Hola? – contestó Mischa.
Hola ¿Cómo estás? – preguntaba Ville.

Mischa se asombró con su llamada, lo había olvidado por completo con este asunto del hospital.

– No tan bien ¿y tú? – contestó un poco melancólica.
– Yo agotado, ayer te fuiste sin avisarme ¿te pasó algo? – preguntó extrañado.
– No, a mi no, a mi hermana... 
– Ah, lo vi en las noticias ¿cómo sigue? – dijo curioso.
– Presenta mejoras – contestó animada.
– Dulzura que te parece si nos vemos algún día de estos 

Mischa no sabía que responder, era una situación complicada y estaba confundida.

– Quizá... 
– Vamos, di que sí – insistió Ville.
– No es un buen momento como para que te responda – dijo seria.
– Bueno, cuando estés más calmada me avisas, tienes mi número – contestó disgustado.
– Bien, adiós. – dijo Mischa y cortó.

No le gustó su reacción, suele molestarse con los hombres que creen que por ser ELLOS deben decirles que sí a todo lo que ellos quieran. Cuando acabó su conversación con Ville, tocaron a la puerta, abrió y se encontró con un gran hombre.

– Hola Mischa... – dijo su voz suave y grave.
– Hola... – dijo Mischa mientras se congeló con su figura en frente de ella.

Las cosas están sucediendo en los momentos menos indicados; creo que eso nos complica un poco... o tal vez demasiado.

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