– No puedo creer que he vuelto – suspiré al cerrar la puerta del vehículo.
Caminé a esas escaleras inmensas que llaman la atención de cualquiera, la mansión seguía pintada con ese color blanco perla y sus detalles en un gris más opaco… pero que buenos gustos solía tener. Entré en la casa en la que solía residir, todo estaba igual, me dejé llevar por esas extrañas sensaciones que la casa me hacía sentir, incluso creí estar acompañada por un ser o ente que me vigilaba sin razón.
– Nada ha cambiado… – dije melancólica.
Dejé las llaves sobre la mesa de centro que había en la sala, y casi como en cámara lenta subí las escaleras que llegaban al maravilloso piso superior, caminé por ese ancho pasillo adornado de un blanco pálido que daba una paz interna, fui directo a la puerta del fondo… sí, a mi antiguo cuarto. Abrí la puerta y miré todo con angustia, con tristeza y recordando muchas cosas… Entré poco a poco, con un miedo sin sentido, seguida aún por ese ente que habitaba en esta casa; suspiré mientras me recostaba sobre la cama gigante en donde solía dormir, se sentía bien… bastante bien.
– Tantos recuerdos en un solo lugar… – sonreí.
Cuantos cuerpos me acompañaron en esta cama, hombres y mujeres que gozaron conmigo de muchas maneras, cuantas noches intensas soportó, cuantas lágrimas quedaron impregnadas en estas almohadas… cuanto dolor, cuanto sufrimiento… cuantos sueños fueron derrumbados.
Ahora se suponía que estaría feliz en algún lugar de Inglaterra, pero el destino volvió a engañarme; suspiré al cerrar los ojos… pude sentir sus caricias en mis mejillas, las lágrimas volvieron a escaparse cuando comencé a recordar, su barbilla bien marcada era mi chupón en las noches que pasábamos acurrucados, mi nariz era el punto débil en donde sus labios no dejaban de besarme, sus grises ojos sonreían con alegría bajo esas dos cejas casi invisibles, él… me hizo inmensamente feliz, me llenó de una alegoría que no desapareció hasta hace poco, pero eso… a nadie le importó jamás.
– Te odio…
Fue una dura frase, sin sentido para cualquiera que la escuchase, pero estaba sola y eso era lo único que me llenaba de paz. Cuando sentí una vibración en mi bolsillo, supe que aún existía.
– Oh Mischa… déjame desaparecer de una vez – sonreí mirando la pantalla de mi celular con melancolía.
Lo lancé sobre la cama y miré el techo, al blanco y brillante techo; volví a sonreír y me puse de pie para salir de la habitación… caminé a los antiguos cuartos de mis hijos; las cunas aun seguían aquí… y el cuarto de la pequeña Cristal seguía adornado con cosas de princesas; no pude evitar recordar el día en que los tres pequeños llegaron a este mundo…
Salí de la última habitación y recordé cuando vivimos todos juntos aquí, sí, todo Nevinger en una casa… parecíamos verdaderos hermanos, cosa que ahora estaba en discusión.
– No recuerdo la última vez que estuve aquí…
Una alegoría inmediata me invadió al bajar por las escaleras y recordar mi último cumpleaños en esta casa, pero que cosas quedan en el pasado… en el gran pasado.
Respiré profundo y corrí subiendo las escaleras para ir a mi antiguo escritorio, donde aún se guardaban los libros con nuestras canciones y composiciones; abrí sonriente la gran puerta y me deleité con ese olor a roble campestres… me senté frente a la computadora que aún permanecía aquí, la encendí y comencé a reír con la foto que apareció: era Petter lanzándonos agua con una pistola de juguete a todos nosotros, incluyendo a Max…
– Que buenos tiempos eran aquellos… ¿Cómo estarás Max…? (…) Me haces tanta falta amigo… – pensé en voz alta.
Acaricié la pantalla, mirando con melancolía todas esas fotografías que tenía con los chicos, vi también aquellos videos que Mischa nunca cargó a la cuenta de Youtube que la banda tenía; esa computadora era unos maravillosos tesoros que me hicieron caer en una profunda depresión.
Comencé a llorar frente aquella pantalla que me hacía recordar y lamentarme por todo lo que jamás hice con mi mejor amigo, también con aquellas personas que alguna vez pertenecieron a mi vida o trabajaron conmigo no por tener un nombre reconocido, si no porque de verdad les importaba; aquella sensación de estorbo volvía a apoderarse de mi, realmente ahora no soy lo que alguna vez soñé para mi futuro, decaí cada vez más, comencé a hundirme en un profundo pozo sin fin… que yo misma estaba cavando.
¿Hasta cuando tendría que soportar todo esto? Mis manos frías se mojaban con aquellas gruesas y pesadas lágrimas que escurrían desde mis globos oculares delineados, un silencio devorador se mantenía en el nudo de mi garganta, una presión sobre mi pecho hacía de todo esto… algo mucho peor. Quisiera que por fin todo esto se detuviera,, pero mi deber de pensar me lo impedía; para mí siempre debe existir una lógica dentro de todo esto, y a veces eso no correspondía, para variar mi voluntad atienta contra mi raciocinio, aunque la coherencia pierda su sentido.
Cerré mis ojos porque ya no podía más, el equilibro en mi estado de ánimo se hacía ausente, unas ganas aterradoras de desaparecer de la faz de la tierra era lo único que cargaba en mi interior; sentí los gritos de un hombre a la lejanía, mis ojos tortuosos aún derramaban su último anhelo en esas delicadas lágrimas que no cesaban, mi respiración decaía cada vez más, sentí una brisa aterradora rondar cerca de mi rostro. Moría en vida, la desesperación me asechaba como su frágil presa, indefensa ante todo… sentí como se me iba la vida…
Pasaron horas, pasaron días, pasaron años… quien sabe cuanto pasó para que me diera cuenta que en verdad nada valía la pena, como muchos me dijeron lo contrario comencé a tener sueños, aspiraciones; las que en verdad ellos mismos se encargaron de destruir con sus propias manos.
*Quédate, no abandones tu lugar, resiste... demuéstrales cuan fuerte eres.*
Un suspiro y un paso al vacío, me dejé caer con brutalidad a ese abismo llamado vida, y heme aquí… mirad en lo que me he convertido gracias a mí misma…
Abrí mis ojos muy lentamente, la fría habitación me erizó la piel… no entendí en donde estaba, hasta que un doctor dijo mi nombre con miedo a no tener respuesta de mi parte, temiendo lo peor.
– Constance… ¿Cómo se siente? – dijo.
Abrí del todo mis ojos al percatarme de mi estadía en un hospital, me desesperé en un primer momento… hasta que vi junto a mí una cara conocida.
– ¿Brad…? – me extrañé.
– Puede irse doctor, yo me encargo de hablar con ella, muchas gracias – le estrechó la mano.
– Está bien, cualquier cosa que quieran, me llaman… – se fue.
Lo miré asombrada irse, no sabía porque estaba aquí, miré con miedo mi vestimenta de paciente, el sentir las frías sabanas rozando mi piel; Brad tomó mi mano con firmeza, sentí su calidez bruscamente.
– Tengo algo que decirte Connie… – dijo complicado en un tono de voz tormentoso.
– ¿Qué sucede Pitt…? – tragué saliva bruscamente.
Su cara me indicaba que lo que iba a decirme no era nada bueno, un dolor en mi pelvis hizo retorcerme, apreté mis piernas con fuerza… ese dolor era insoportable.
– ¿Estás bien? – dijo preocupado.
– Dime algo Brad… ¿Qué hago aquí? – le dije luego de calmarme.
Respiró profundo y me miró con lastima.
– Anda, dilo sin miedo – lo miré confusa.
– Has perdido al bebé, querida – dijo apenado.
No podía creer lo que acababa de oír, todo esto… ¿estaba pasando? No tenía sentido alguno, todo iba bien… no tenía problemas con mi embarazo, entonces ¿Por qué mierda me sucedió esto? Apreté mi mandíbula con fuerza, miré al vacío aún procesando lo que el señor Pitt me había dicho; por dentro seguía destrozada, más de lo que ya estaba… ahora sí, todo estaba empeorando.
– ¿Qué…? – dije aguantando el llanto.
– Lo siento mucho cielo, pero tuviste una perdida repentina… por suerte solo el feto se desprendió, tú estás bien… – acarició mi cabeza.
– Eso no es cierto… – negué con la cabeza.
– Sí, es cierto… pero tranquila, todo estará bien
– No Brad, no estará bien… nada lo está.
– Yo estoy contigo, no estás sola nena…
– Quiero irme de aquí, por favor, llévame a casa Brad – le rogué en un lloriqueo.
– Hablaré con el doctor, espera, no te muevas…
Lo vi salir de la pálida habitación, este gran sujeto era un buen amigo de años y un gran compañero de aventuras cinematográficas; esperé allí en un tormentoso silencio que aterraba desde lo más profundo de mi ser. Después de un largo rato volvió sonriente.
– Vamos, logré convencerlo de que te dejara salir – rió.
– ¿Y mi ropa?
– Pues tendrás que irte con la remera que tenías puesta y con una falda de Angelina que tengo aquí ya que tus pantalones están ensangrentados… ah y te conseguí unas pantaletas, pero son verdes – volvió a reír.
– Dios, odio el verde – sonreí de costado.
– Bueno, dejo que te vistas… estaré afuera bebiéndome un café – besó mi frente y salió.
Así lo hice, me vestí con un ardor en mi entrepierna… acabé y arreglé mi despeinado cabello, quité también mi delineador que estaba fuera de lugar y salí del cuarto con mis piernas al descubierto por esa corta falda, Brad se puso de pie y tomó mi mano como su hermana pequeña, subimos a su lujoso auto y encendió el motor para volver a mi mansión lejana.
– ¿Qué haces tú en Dakota? – pregunté mientras él manejaba.
– Estaba de paso en la casa de Bruno y sin querer vi pasar tu auto… sabiendo a donde ibas, decidí seguirte – sonrió sin mirarme.
– ¿Cómo sabes a donde iba? – me extrañé.
– ¿Qué iba a hacer aquí la gran Nixie Bauer? Pues visitar su gran casa, es obvio ¿no lo crees?
– No soy tan predecible – bufé.
– A veces lo eres, ahora cuéntame ¿Qué haces tan lejos de tu casa? – me miró de reojo mientras conducía.
– Peleas, de lo que ya me estoy hartando… engaños – miré por la ventana.
– ¿Engaños? ¿Qué fue lo que sucedió?
– Ya sabes, encontré a Dero besándose con otra chica…
– Y para variar no dejaste que te explicara… ¿no? – levantó sus cejas.
– ¿De que me sirve que me de explicaciones? Si con verlos fue suficiente, no quería oír detalles…
– Debes dejar de hacer eso, sabes que te precipitar mucho con tus acciones querida; tu problema siempre ha sido que tú puedes engañar a los otros, sin embargo, nadie puede engañarte a ti – estacionó el auto afuera de la gran casa.
– ¿A que va eso Brad? – lo miré desconcertada.
– Sabes a lo que me refiero perfectamente, tu siempre has engañado a los demás de diferentes maneras, pero cuando la engañada eres tú, todo resulta mal.
– ¿Sabes? No quiero discutir eso contigo, ¿puedes llevarme a mi cuarto? – dije molesta.
– La verdad siempre duele Connie…
Dijo eso antes de bajar del auto, abrió la puerta del copiloto y me llevo en sus brazos como recién casados a mi cuarto en el piso superior, no dije ninguna palabra en todo el trayecto; me dejó sobre la cama, me quitó la falda y las zapatillas que llevaba puestas, para dejarme en ropa interior y con la remera musculosa que tenía.
– Acuéstate, te cocinaré algo ¿está bien? – me miró preocupado.
– Gracias Brad – sonreí de media luna.
– No es nada, no te preocupes… ya vengo.
Se fue y tomé el celular que permanecía aún sobre la gran cama, lo encendí y leí uno de los tantos mensajes que Mischa envió.
“DA SEÑALES DE VIDA POR FAVOR NIX…”
– Tan linda que eres Mischa – sonreí feliz por su preocupación.
Después de unos minutos de soledad apareció Brad con una deliciosa sopa cocinada por él, venía sonriente y eso me extrañó.
– ¿Por qué tan feliz?
– Mischa llamó, viene para acá…
– ¡¿Qué?! – me molesté.
– ¿Qué tiene de malo? – se extrañó.
– Vine aquí para estar sola… ¿le dijiste donde estaba?
– Sí… esta preocupada, es por tu bien, no puedes estar sola después de lo que te pasó, cielo…
Encontré la paz por unos minutos y se fue al olvido en menos de un segundo… Alguien, algo… donde quiera que esté, lo que quiera que sea… ayúdame.
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