NARRA:
Lu Sullivan.
Hace
algunos días había perdido el control. Mi nueva integración en Nevinger había
sido más escandalosa de lo que pensé alguna vez. Me había enfrentado a varios
prejuicios, muchos comentarios en mi contra diciendo que yo no estaba a la
altura de tamaños artistas, que tan solo era una aficionada; pero nada de eso
me detuvo, seguí y seguí esforzándome con el avance de los días… no quería
fallar, no quería demostrarle a mi amiga que había elegido mal, callé a todos
con mi destreza en el bajo, silencié a toda esa farándula chismosa, arriba del
escenario se desató el huracán Sullivan: aquello
que te dejará con la boca abierta.
Pero,
el ritmo de Nevinger era demasiado para quizá muchas personas, y me incluyo. De
cierto modo durante este tiempo comprendí el estrés que mantenía
permanentemente Nixie en su vida; no por pertenecer a una banda tu vida cambia,
si no que el estilo que se vive dentro de la misma… y, concuerdo en aquello que
Andréu me dijo una vez: Nevinger es muy
poderoso. Tal vez demasiado para mí… En este corto tiempo, remotamente se
volvieron 3 meses… tres meses en que mis noches se dispersaban bajo el alcohol
y la droga, un amplio deseo de exigirle al mundo que me diera todo lo que yo
quería y no lo que necesitaba, estaba desatando un caos en mi vida. Me volví
adicta, adicta a los licores fuertes, adicta a la heroína y al LSD, adicta a
insultar a la gente inútil, adicta a recibir órdenes de desplomar el mundo,
adicta a enfocarme en arruinar a los demás tan solo sintiéndome superior. El
estilo de Nevinger estaba provocando en mi vida un caos, estaba acabando con mi
consciencia, con mis metas en la vida, tal vez no era Nevinger… tal vez era la
misma Nixie Bauer la que estaba haciendo de mi integración a la banda algo
mucho más que volverme famosa, mucho más que obtener poder… estaba haciendo que
perdiera el rumbo de mi existencia.
Aquella
noche, en Nevada, nos fuimos a celebrar luego del concierto que dimos en la
ciudad del norte de Nevada. Era un bar maravilloso, muy grande, de esos que
parecían de grandes películas; nos sentamos en una bien alejada de la puerta,
pero no pudimos evitar ser reconocidos… gente pedía nuestros autógrafos, pedía
fotografías y claro, que les habláramos de cualquier cosa. Avanzó la noche, tal
vez ya eran casi las cuatro cuando mi cuerpo comenzaba a pedir más, necesitaba
aquella sustancia que convertía el mundo en algo maravilloso.
–
¿No trajeron del polvillo mágico? – pregunté.
–
¿De que estás hablando? – me miró Mischa.
–
Ya sabes… la heroína… ¿de que más voy a estar hablando? –
reí.
Todos
me observaron extrañados, se miraron entre ellos…
–
Lu… ¿te sientes bien? – me miró Nixie.
–
Si… ¿Por qué lo dices?
–
La heroína se acabó hace media hora… la aspiraste casi toda
sola – levantó sus cejas.
–
No me jodas Bauer, hablo en serio… necesito heroína – dije
un poco alterada.
–
Es verdad Lu, y más cuidado como estás hablándome…
–
¿Hablarte como? Solo estoy pidiéndote algo más de heroína –
fruncí el seño sin entender.
–
Creo que será mejor que llamen a Haner para que venga a
buscar – susurró Alex.
–
Será lo mejor, está actuando un poco extraño… – agregó
Mischa.
–
¿Cuándo fue la última vez que ingeriste heroína Lu…?
–
Hoy en la mañana… – dije sin escrúpulos.
Nixie
se cubrió el rostro con una mano, rascó la punta de su nariz como lo hacía a
menudo y me miró seria.
–
Lu, te estás volviendo adicta, debes dejarla… te hace daño
– sus ojos negros me atemorizaron.
–
¿Cómo va a hacerme daño algo que me hace sentir tan bien? –
reí.
–
Voy a llamar a Haner – dijo poniéndose de pie.
Se
marchó sin responderme, eso me enojó un poco, los demás chicos me miraban
preocupados y un poco incómodos con lo que estaba pasando. Yo estaba desesperándome,
una ansiedad estaba carcomiendo mi interior… estaba necesitando demasiado una
dosis de heroína, la que tan feliz me hacía.
–
Perra – dije para mí misma.
–
Oye – dijo Andréu alerta.
–
¿Qué? – le grité.
–
¿Qué te sucede Lu? – alzó la voz la gran Bauer.
–
¿Qué me sucede? Nada, ¿Qué me va suceder? – reí enojada.
–
Será mejor que te tranquilices… – se puso de pie ella.
–
¡Estoy tranquila! – grité.
–
Haner está a fuera, Lu, ven conmigo – Nixie tomó mi brazo.
–
¿Eh? ¡¡No!! ¡No quiero irme! – me alejé de ella.
–
He dicho que vienes… – encogió los ojos, jamás me había
hablado de esa manera, jamás me había mirado con esos ojos, tal vez a esto se
referían con eso de ‘Nunca hagas enojar a Nixie’.
Caminé
tras ella hasta la puerta, allí estaba Brian con el auto, besó mis labios y me
abrió la puerta del copiloto. Quedé adentro unos cinco minutos mientras se
alejaba un poco para hablar con Nixie.
–
No sé lo que le está
pasando, pero por favor no la dejes sola… la heroína la está poniendo mal… de
verdad te lo digo…
–
Ha estado así desde que
comenzó a estar con ustedes Bauer, tú tienes la culpa – recriminó.
–
No me eches la culpa
idiota, no me vengas con esas cosas a mí, yo aquí no soy responsable de nada – lo miró con ira.
–
Mañana volveremos a
California, iré a la dirección que me dijiste…
–
Aquí tienes una tarjeta – le dio un papel – El doctor es el mismo que me atendió a mí…
es uno de los mejores de Estados Unidos, estará en buenas manos.
–
Espero que la situación no
empeore de aquí a mañana.
–
Mantenla con la mente
ocupada, Brian, esto es serio… si no quieres que tu mujer sufra una sobredosis
será mejor que la lleves a ese maldito lugar. No me gusta verla así – me miró a la lejanía.
–
Lo haré, descuida… Gracias
por preocuparte.
–
No agradezcas… es mi amiga,
solo que no me gusta verla así, no quiero que pase por lo que tuve que pasar
yo…
–
¿Tan malo fue…?
–
Créeme, no querrás saberlo – Guardó silencio – Será mejor que te vayas, o si no se
desesperará más y la situación se saldrá de control – lo miró seria.
–
Vaya, si que conoces bien
este asunto…
–
No sabes cuanto.
–
Bueno, nos vemos entonces,
me saludas a los chicos – la abrazó.
–
Cuídala mucho… Adiós Brian.
Intercambiaron
sonrisas tiernas, de esas que dan envidia, y Brian subió al auto. Nixie me miró
desde lejos un rato, al otro lado del vidrio y luego entró nuevamente al bar.
Unas ganas de volver allí y seguir bebiendo me tenían como loca, pero debía
resignarme. Brian no dijo nada en todo el camino, solo aceleró y puso un poco
de música Jazz en la radio, a un volumen moderado, tanto así que comenzó a
darme sueño.
Unos
caballos azules comenzaron a corres junto a mi ventana, como haciendo
competencia con el Ferrari de Brian, me miraban y me sonreían, era inevitable
no sonreírle a aquellas extrañas criaturas, sobre esos caballos habían unos
gorilas rosas con sombrero de paja, que usaban gafas de sol, no sé porque
usarían gafas de sol a estas horas, era plena noche… y en verdad siquiera sabía
de donde habían aparecido aquellos místicos seres, pero me hacían sentir bien.
–
¿Lu…?
–
¿Si? – reí.
–
¿Qué te sucede?
–
Me encantan los sombreros de esos gorilas – apunté por la
ventana.
–
¿Gorilas…? Lu, allí no hay nada – dijo serio, se detuvo en
un semáforo.
–
¿Cómo que no? Míralos, son maravillosos… Como sonríen, me
hacen tan felices…
–
Dios… Lu… – bufó.
Aceleró
una vez más y en un pestañear llegamos al hotel, no quería caminar… me daba
tanta pereza moverme, el efecto de la poca droga que tenía en la sangre había
desaparecido y la realidad me parecía un calvario, era tan aburrida y
sofocante.
–
Vamos, baja – dijo Brian, abriendo la puerta del auto.
–
Llévame entre tus brazos – dije sin ánimo.
–
Anda, baja – insistió.
–
Está bien, está bien – bufé.
Me
puse de pie y caminé hasta el hall de bienvenida, Brian tomó mi brazo y me jaló
adentro del elevador, presionó el botón con el número 4 y esperamos a que
llegara a ese piso. Mirarme en los espejos del elevador me asombró, tenía una
cara de muerte, unas ojeras terriblemente púrpuras, tanto así que parecía
zombie, mi maquillaje estaba fuera de lugar y mi cabello estaba grasiento.
No
tardó mucho para que llegáramos a nuestro destino, Brian volvió a tomar mi
brazo sin cautela y me llevó a nuestra habitación, gracias a Shadow y a su
esposa Yane, nuestros hijos se
quedaron con ellos, así que tendríamos este gran cuarto de hotel cinco
estrellas para nosotros solos, aunque viendo todo lo que estaba pasando dudo
que Brian quiera darse un revolcón conmigo…
Se
sentó en el borde de la cama y cubrió su rostro con ambas manos, lo miré desde
la puerta… me sentí pésimo, así que fui al baño y lavé mi rostro con mucho
jabón, peiné mi cabello muchas veces hasta que quedó bien, me quité la chaqueta
de cuero y arreglé mi remera, me quité las botas y los calcetines, desabroché
mi pantalón y fui donde él luego de cepillarme los dientes y perfumarme un
poco.
–
Brian… – susurré frente a él.
–
¿Qué? – dijo sin mirarme.
–
Lo siento…
Luego
de un terrible silencio él decidió mirarme, lo abracé como pude, me senté sobre
sus muslos y rodeé su cuello con mis brazos, besé cuidadosamente su delicada
piel, su cuello. Respiró profundo, me aferró a él con fuerza, sus brazos me
trajeron a su cuerpo con una desesperación anhelada. Impactamos nuestros labios
de una manera única, robándonos el alma mutuamente através de aquel baile de
lenguas, su saliva se mezclaba con la mía, su esencia se impregnaba en mi piel
como todas las noches desde que nos conocimos.
–
Te amo – susurré en sus labios.
–
Y yo a ti mi amor… pero…
–
¿Pero qué? – lo miré a sus ojos.
–
No quiero que sigas haciendo lo de hoy…
–
¿Hacer qué…? – me extrañé.
–
Volverte loca por conseguir un poco de droga, te está
haciendo daño… y recuerda que eres una mujer casada y madre de tres hijos, no
querrás perder la cabeza y dejar todo eso de lado solo por drogas… ¿o si? –
levantó las cejas.
–
Voy a ir a rehabilitación… lo prometo – sonreí con dolor.
¿Rehabilitación?
Pero que carajo había dicho… aquella palabra sonaba tan tétrica, tan terrible
de tan solo pensarla.
Seguimos
besándonos luego de aquello, sus manos se fueron a mi cintura para
elevar mi remera y así poder quitarla por completo, luego quité la suya, tenía
tantas ganas de tenerlo conmigo, no sé si habrá sido efecto de lo que tomé o
qué, pero estaba tan excitada que parecía una loca. La manera en que mi lengua
se movía en su boca era señal de aquello, mis manos acariciaban su espalda y
luego su vientre para luego poder desabrochar sus oscuros pantalones, él
sonreía con esa risita que tanto me volvía loca, me encantaba esa dentadura
perfecta, aquellos labios tan frágiles y delicados… tan solo míos.
Se
quitó las zapatillas como un desquiciado, me quité los pantalones, luego quité
los suyos, mi corpiño había desaparecido antes de que me diera cuenta, su
lengua jugaba en mis pezones mientras yo reía excitada, amaba acariciar sus
cabellos… Volvimos a besarnos mientras él sujetaba mi trasero.
–
Quítate esa ropa interior – reí en su boca.
–
Bueno… ya que insistes – susurró.
Sin
más, sin esperar, sin decir mucho, su ropa fue lanzada por los aires, su
espalda contra la cama y mi cuerpo sobre el suyo era la mezcla perfecta,
encendí la radio con el control remoto, una música tan romántica de Santana, la
melodía era especial para esta ocasión, la forma en que él comenzó a moverse
haciendo fuerza con su entrepierna en la mía iba al mismo ritmo que el punteo
de la guitarra del sujeto de la radio. Me causaba risa, pero a la vez placer,
era exquisito, maravilloso…
Mi
espalda arqueada le daba placer mientras gemía, él respiraba profundo,
expulsando aire por boca cada vez que impulsaba a su pequeño en mi interior. Su
cuerpo perfecto se movía para darme placer al mismo tiempo que yo hacía lo
mismo por él.
Gemidos,
respiraciones agitadas, cuerpos sudados, orgasmos por todas partes… mi emoción
ya estaba casi al límite hace un rato, pero esta noche causó uno enorme revuelo
en mi mente, quizá me agoté antes de tiempo. Él quería más pero me estaba
sintiendo extraña. En pleno acto sexual me vino un mareo terrible, pareciera
que me quería desmayar, pero en verdad no sabía lo que pasaría… así que seguí
disfrutando de mi marido y de su amiguito.
–
Dame más… Dame más – grité como una loca.
–
Te daré, lo que quieras – reía cerrando lo ojos, aumentando
la velocidad.
–
OH… ¡SI! – reía yo, mientras me movía.
Luego
de unas largas 2 horas, acabamos en una explosión de placer intenso. Me recosté
junto a él luego de que me hiciera suya una vez más, mi organismo aún estaba
procesando todo lo que había pasado, así que me seguí siento tan frágil como
una pluma, parecía todo mentira.
–
Te amo – lo besé.
–
Te amo también – correspondió.
Me
acurruqué en su pecho, en su gran, tatuado, sexy y sudado pecho, acarició mis
cabellos un rato hasta que nos dormimos, agotados. Debíamos descansar bien si
queríamos amanecer de buenas, debíamos volver a California a primera hora de la
mañana… Bauer debía darnos nuestro dinero, y debíamos volver a la disquera por
él.
–
Hay algo que no te he dicho… – dijo Brian, tomando mi mano.
–
¿Qué cosa? – pregunté curiosa y asustada por su tono de
voz.
Estábamos
en el avión de vuelta a Los Ángeles, sentados cada uno en su asiento… en el
lujoso avión de Nevinger.
–
Tienes una cita con Matt Hansen…
–
¿Quién es ese? – reí.
–
Un doctor que trata… con adictos – dijo muy serio.
–
¿Adictos…? – dije asombrada.
–
Prometiste que dejarías las drogas Lu… – levantó las cejas.
–
¡Pero no quiero que me internen! – grité alterada.
–
No te internaran amor, solo serán sesiones…
–
Claro que no, conozco a esos sujetos, los he visto por
televisión…
–
Bueno, espera que lleguemos a tierra y solucionaremos el
asunto. – frunció el seño.
Guardé
silencio aterrada, lo único que me faltaba era terminar en una clínica con
personas más locas que yo, acabando con mí… poco a poco. ¿Por qué no se
estrella el avión y me ahorro la humillación de ir a unas de esas clínicas?
¿Por qué me pasa esto a mí? ¿Qué fue lo que hice…?
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