Como
un día cualquiera comenzó aquel, el ruido de los vehículos en la calle del
exterior hizo que despertara, la luz permaneció encendida toda la noche, y sólo
cuando sentí un cuerpo junto a mí me di cuenta de que no había dormido en casa.
Abrí los ojos asombrada, toqué mi cabeza y lamí mis labios por la resequedad,
me impresionó ver junto a mí ese cuerpo tan maternal… tan delicado y especial;
su piel tan bien cuidada con los años, ella respiraba tan despacio que nadie
podía sentir su presencia. Me senté en el colchón en el que estábamos y comencé
a recordar todo lo que pasó durante la noche, miré el reloj sobre la puerta:
11.23, definitivamente las horas se habían ido durante un gran gasto de
energía.
No
podía creer lo que había hecho, no podía entender el porqué de la situación.
Prometí junto a Mischa que esto jamás volvería a pasar porque a ambas nos mantenía
débil el latente pasado de todo lo que tuvimos que vivir cuando hacíamos este
tipo de cosas… en verdad no sé lo que pasó, ni lo que provocó todo esto. Pero
no podía comenzar otra vez a caer en lo mismo, solo podía sonreír al verla
dormida como una niña, era una bella imagen que nunca desaparecería de mi
cabeza.
–
Hola – sonrió cuando despertó.
–
Hola – sonreí de costado.
–
¿Qué horas es? – abrió uno de sus ojos.
–
Las once y treinta.
–
Mierda, debemos ir a trabajar…
–
Supongo, si quieres hoy nos tomamos libre – miré al frente.
Encogió
sus ojos viendo mi forma de actuar, se sentó para quedar a la misma altura que
yo y con su rostro siguió mis ojos, hasta que se puso casi en frente.
–
¿Qué te pasa?
–
Nada – la miré de reojo.
–
¿Es por lo de anoche? Si es eso, lo siento… en verdad…
–
Tranquila, no pasa nada – la interrumpí, la miré y sonreí.
–
¿Entonces por qué estás así? – levantó una ceja.
–
Ya se me pasará…
–
Eso espero, hoy será un largo día – comenzó a ponerse de
pie.
–
Me daré una ducha, sería bueno que hicieras lo mismo – la miré.
–
¿Quieres que nos demos una, juntas? – movió sus cejas
riendo.
–
Cállate – reí.
Tomó
su chaqueta y fue a preparar el baño, ella se ducharía primero. Me senté en
sofá para arreglar la ropa y dejar el colchón en su respectivo lugar, lancé mi
cabello hacía atrás y me apoyé en el respaldo del sofá para mirar el techo, me
sentía perdida y melancólica, sin saber lo que realmente tenía que pasar ahora,
es decir, estaban pasando muchas cosas y estas mismas me mantenían confundida,
siempre tenía dos opciones, en toda cosa que me esta pasando tengo dos
opciones, pero no sé cual es la correcta y eso me llena de desesperación.
Pasaron
unos minutos para que Mischa saliera del baño con su cabello mojado, me lanzó
una toalla limpia y dijo que era mi turno, asentí sonriendo y caminé al lugar,
cerré la puerta y preparé la ducha, me desnude y luego entré bajo el agua.
Sentí como si pasaran horas mientras me empapaba, mientras el jabón se escurría
por mi piel… mientras pensaba en que mierda debía hacer ahora.
Salimos
de Randholl en dirección a una pastelería y compramos unos pastelillos como
desayuno, también unos capuchinos que bebimos en el camino, reímos un rato
recordando tonterías que decíamos o que hacíamos, también nos mirábamos extraño
hablando de lo que había pasado durante la noche, hasta que llegamos a la
compañía, nos abrieron la puerta aquel gran guardia que trabajaba aquí,
saludamos a la secretaria de recepción y caminamos a nuestras oficinas, Mischa
entró en la puerta de la derecha y yo en la de la izquierda, la mía tenía vista
hacía los edificios empresariales, Mischa tenía vista a la costa, en nuestras
puertas estaban nuestros nombres bien resaltados con el apellido Bauer, tal
cual como el nombre de la empresa: Bauer
Splendid.
Sobre
mi escritorio, había muchas cartas, las que leí una a una, eran de
felicitaciones la gran mayoría, los socios de la empresa estaban felices con
los resultados de las ventas, inclusos artistas del género estaban comprando
nuestros instrumentos lo que me hizo sonreír ampliamente. Firmé unos documentos
que me trajo mi secretaria Samantha, para exportar a Asia la marca, era el
único continente sin nuestros productos, pero eso ya era tema cerrado.
–
Hay alguien que quiere
verla –
decía Samantha por interno.
–
¿Quién es?
–
Un hombre de apellido Taylor.
–
Dile que pase – sonreí.
–
Está bien.
En
cosa de segundos apareció Corey, venía con una cara neutra, me puse de pie para
besar su mejilla, estaba feliz con su venida aquí, pero a él no le hacía
gracia… por el contrario. Movió su rostro para que mis labios no le tocaran, lo
que me disgustó.
–
¿Qué te pasa? – le dije.
–
¿Qué te pasa a ti? – dijo molesto.
–
¿De que hablas?
–
¿De que hablo? Ahora tienes mala memoria – dijo irónico.
–
No entiendo… ¿Qué me perdí? – dije en el mismo tono.
–
No quiero tenerte cerca, has caído muy bajo Nixie – frunció
el seño.
–
¿Por…? – levanté las cejas.
–
Por lo de ayer, ¿No recuerdas lo que pasó con Naomi? – rió
– ¿Ahora golpeas embarazadas?
–
Ya te fue con el chisme – reí.
–
No es un chisme, no sé como pudiste caer tan bajo Nixie,
eso es inhumano, ¡Está embarazada! ¿Es que acaso no tienes límites? ¿Perdiste
tu racionalidad? – gritó.
–
Espera rubio, detente, al parecer no sabes lo que fue a
hacer tu mujercita allá ¿No?
–
Ese no es el caso Bauer, no intentes voltear las cosas
ahora, lo que hiciste no tiene nombre, es de poca mujer golpear a alguien que
no puede defenderse.
–
¿Ahora la luchadora no puede defenderse? – reí – Se nota
que no sabes bien lo que pasó ayer… Será mejor que te vayas con tu esposa a
casa, le acaricies el puto vientre y no vuelvas aquí hasta no saber lo que
realmente pasó – toqué su pecho con mi dedo índice.
–
No sé en qué momento cambiaste tanto…
–
Vete ahora, no aparezcas hasta que tú vuelvas a ser
racional – dije seria.
–
No me llames… – dijo volteándose para salir.
–
No lo iba a hacer de todos modos – dije irónica.
Me
miró de costado antes de salir y dio un gran portazo al irse, desapareció de mi
oficina cristalizada y me lancé en la silla al sentirme abatida. Erré, lo sé,
cometí un error al golpear a Naomi, pero ella tampoco debía hacer lo que hizo,
más que mal fui yo quien la hizo famosa, gracias a mí es quien es hoy en día…
por mucho que hayan existido otro tipo de problemas su actitud no había sido la
que esperaba.
Sentí
unas ganas terribles de llorar, no me gustaba cuando el rubio me hablaba de esa
manera, su carácter era tan fuerte como el mío y eso me lastimaba aún más, me
hacía sentir una idiota irresponsable e incomprendida. Las ganas de lanzar todo
por los aires no me faltaban, pero no podía armar un escándalo en el lugar de
trabajo. Me levanté y miré por los ventanales los grandes edificios, los taxis
amarillos que rondaban por las calles de la ciudad repleta de gente con una
vida mejor; estas caídas de ánimo me hacían desistir de todo, necesitaba un
gran abrazo, protección y una maldita palabra de aliento. Quería tanto
retroceder el tiempo hasta hace años atrás y deshacer todo lo que he hecho,
desaparecer de la fama, de la vida de todas estas personas que tan complicada
hacen mi vida…
–
Alguien la busca – decía Samantha luego de
casi media hora.
–
¿Quién? – respondí sollozando.
–
Su marido.
–
Dile que pase – sonreí apenada.
Y
allí apareció él, con sus cabellos elevados por el fijador, con un cartucho de
papel en una de sus manos. Corrí hasta él con el alma partida, con las lágrimas
derramándose desde mis ojos cansados. Lo único que necesitaba era de un maldito
abrazo… pero él se negó. Antes de que lo tocara me detuvo con su mano, para que
no me acercara a él, su rostro estaba tan disgustado como una pared derrumbada.
–
¿Qué sucede? – dije afligida.
–
Lo mismo vine a preguntarte…
–
¿Por qué?
–
Se supone que estamos casados, nos juramos lealtad frente a
muchas personas y frente al código del país, ¿lo recuerdas? – levantó las
cejas.
–
Claro – sonreí.
–
¿Dónde dormiste anoche?
–
Estuve con Mischa, bebiendo… se nos pasó la hora y nos
quedamos en Randholl – toqué mi cabeza.
–
Pudiste haberme llamado… estuve toda la noche preocupado
porque pensé que te había pasado algo, se suponía que ayer luego de tu ensayo
con los chicos volverías a casa para hacer tarea con los niños… y siquiera
respondías el teléfono – dijo serio, como una piedra.
–
Lo siento, lo dejé en el anfiteatro…
–
Que tristeza… – dijo irónico – Ahora quiero que me
expliques esto – lanzó el sobre que tenía en su mano sobre mi escritorio.
Me
acerqué al mueble y abrí el sobre, con cuidado saqué lo que había en su
interior, lo que me ponía en terribles aprietos. Eran aquellas fotos tomadas
por Francesca, las fotos seductoramente artísticas con Freddy, un gran dolor se
me puso en el pecho al imaginar como se estaba sintiendo Sean en el momento que
tuvo que verlas, es como si yo lo viera a él con otra mujer en una situación
parecida… ahora comprendía porque estaba tan extraño.
–
Estas fotografías… son para la sesión de fotos de una amiga
– lo miré con cara de cordero degollado.
–
¿Ah si? Pero que buenas fotos, te felicito – me aplaudió
enojado – También esta… ¿es para la sesión?
Lanzó
otra tomada por un paparazzi donde salíamos con Frederick tomados de la mano
entrando al lugar, recuerdo que fue solo porque no podíamos caminar, entonces
él me tomó la mano para que no lo perdiera de vista, pero eso estaba jugando en
mi contra un vez más.
–
No es lo que estás pensando…
–
¿Cómo sabes lo que estoy pensando? – rió irónico.
–
Por el tono de voz que usas, por tus actitudes hacía mí… porque
estás enojado. Pero quiero que sepas que sólo me tomó la mano porque había
mucha gente y debíamos avanzar… además…
–
No quiero explicaciones Connie, quiero que pienses en todo
lo que has hecho, en cada acto que has cometido. Si no te das cuenta ya han pasado
muchos días en los que ya casi no sé de ti siendo que vivimos en la misma casa,
siendo que estamos casados y tenemos una hermosa familia… – me interrumpió –
Quiero que pienses bien lo que vamos a tener que hacer, porque no me están
gustando los rumores que estoy teniendo, ni mucho menos las cosas que estás
haciendo tanto públicamente… como a mis espaldas – frunció el seño.
–
Sean ¿de que hablas?
–
Tú sabes de lo que hablo – lanzó las otras fotos sobre el
escritorio – No quiero que vuelvas a tener la vida de mujerzuela que tenías
antes de que estuviéramos juntos – se marchó.
Salió
de allí dejándome con la mente bloqueada. De un momento a otro sentí como el
mundo se caía sobre mí, en un momento sentí que dejé de respirar, pero solo era
parte de mi imaginación, sus palabras me habían dolido más de lo que alguna vez
me hirieron en toda mi vida; por primera vez en mi vida me importaba lo que
alguien había dicho…
Entonces
me derrumbé, una angustia se apoderó de mí, las ganas de llorar no se
contuvieron, me tiré al suelo y como una niña apoyé mi espada en uno de los
bordes del escritorio y permanecí derramando lágrimas por un largo rato, hasta
que la puerta se abrió dejando entrar a mi hermana que se hizo presente
preocupada. Se arrodilló junto a mí y me abrazó, lo que me hizo sentir aún
peor.
–
¿Qué pasó? ¿Qué te puso así? – dijo mientras me arrimaba
como una madre.
–
Soy la peor persona del mundo… no merezco vivir…
–
No digas estupideces Nixie, no digas esas cosas – me
recriminó.
–
Soy tan despreciable Mischa… Soy la peor persona que puede
existir – la abracé con fuerza.
–
Shhh... Calla mi niña, tranquila…
Perfectamente
pude sentir como mis acciones me pasaban la cuenta, debía realizar una limpieza
en mi mente, debía saber como actuar de ahora en adelante, aunque no me gustara
nada de lo que estuviese pasando. Tuvieron que pasar muchos días para que yo
volviera a salir de mi casa, aquella tarde yo regresé, pero no le hablé a Sean,
no le dirigí la palabra ni para decirle buenos días. Dormí en uno de los
cuartos para huéspedes, en el mismo que alguna vez fue prestado para Dero… en
el mismo que tuvimos unos cuantos encuentros amorosos, lo que me ponía aún más
sensible y frágil que de costumbre.
Era
tanta la agonía que tenía en mi interior que podía sentir las caricias del
difunto sobre mi piel, sentir su respiración junto a mi oreja todas las noches,
sus besos en mis brazos y su voz muy en lo profundo de mi cabeza. Cada vez
perdía más el juicio y aunque asustara a los demás a mi me hacía sentir mucho
mejor, pero solo conmigo misma.
Una
tarde de Lunes recibí la visita de Francesca en casa, Sean estaba presente así
que preferí hablar con ella en mi escritorio, solas.
–
Perdona la publicación de las fotos, no sabía que habría un
lío por ello… – se disculpó.
–
No te preocupes, tú no tienes la culpa – sonreí tranquila.
–
De hecho venía para contarte lo que pasó con mi ex novio,
pero creo que no es el momento adecuado…
–
Tal vez no lo sea, pero eso da igual, si quieres puedes
contar conmigo.
–
En serio me siento culpable por lo que ha pasado con Sean,
en realidad no era mi intención que esto pasará… no creí nunca que cosas como
estas se provocaran por unas inocentes sesiones de fotos…
–
No toda la gente piensa igual Francesca, algunos tienen la
mente tan sucia que ven problemas donde no los hay – reí.
–
Si, eso creo.
–
Entonces dime ¿para qué me necesitas?
–
Oh pues, en mi proyecto me ha ido bastante bien, ya me he
establecido en la ciudad y quisiera que te hicieras presente dentro de estos
días con los chicos de Nevinger para unas fotos, irán otras cuantas bandas y
como tú estas siendo tan renombrada, me vendría bien tenerte allí – sonrió.
–
Claro, no hay problema de ello.
–
Estupendo, por cierto… ¿Conoces a Foo Fighters?
–
Si, soy amiga del vocalista… ¿Por qué?
–
Pues porque me dieron una cita con ellos para unas fotos y
sabes que no estoy tan enterada de la música de estos días, yo me quedé en los
90s’ – rió.
–
Son agradables, te irá bien con ellos – sonreí.
Los
días siguieron avanzando, incluso más rápido de lo que pensé. Mi relación con
Sean estaba yendo de mal en peor y no me gustaba para nada, la tensión se hacía
permanente, todo esto además incomodaba mucho a nuestros hijos, eso no debía
pasar, mucho menos durante el crecimiento de los gemelos.
El
tiempo de reflexión que estaba tomando me hacía darme cuenta que soy yo la
culpable de muchas cosas, que son mis palabras y mis actos lo que hacen de todo
algo mucho peor. Cada vez que pasa algo, soy yo la responsable, de una u otra
manera… es inevitable.
El
mundo está atentando en mi contra, y para variar lo único que hago es huir de
todo con una guitarra y la voz de la perdición emitiéndose desde lo más
profundo de mi garganta; es aquella acción reflejo de mi suicidio interno… ya
no hay nada que pueda mejorarme, cada palabra de aliento no son más que mentiras para hacerme pensar que soy
aún más despreciable de lo que yo misma creo.
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