Ya comenzaba a
extrañar el viejo aroma a aire marino de la costa de Los Ángeles. Sentía tanta
melancolía al recordar a toda la gente que he dejado atrás allá, en Estados
Unidos, parecía incluso que me hacían más falta que de costumbre. Necesitaba a
mi hermano, a mi madre, a mis compañeros de parranda y a esas personas que
incluso me joden la existencia… necesitaba verlos aunque sea por una última
vez.
La mañana del 1 de Marzo del 2018 estaba recién
comenzando, de una manera única y especial. Mis ojos ser abrieron de goce al
sentir la intimidad de mi marido perturbando mi sueño, sintiendo sus caricias
abarcar todo mi cuerpo hasta el más mínimo lugar… No podía negarme a ese
placer, él me complementaba en su totalidad.
A eso de las 8:15
de la mañana el desayuno llegó al cuarto, en una bandeja reluciente y tan linda
que provocó algo en mí que comenzaba a extrañar: asombro.
–
Vaya… –
dije sorprendida.
–
¿Qué?
¿No te gusta? – levantó las cejas.
–
¿Cómo
no me va a gustar? – reí – ¿Pero a que debo esta sorpresa?
–
Pues… a
nada en especial, solo quería darte un regalo tonto para que sepas que te amo y
que hoy será un gran día – sonrió.
Aquella sonrisa… ese gesto tan noble de su parte, era como caer en
un pozo místico en que no sabes que es lo que te espera en el fondo. Él era tan
bueno que parecía mentira, con el tan solo hecho de que respirara junto a mí
cada mañana, me alegraba la vida, tenía un
porque para seguir.
Acabado el acto de
desayunar, Jackson me llamó al teléfono de la habitación para comunicarme que
tendríamos una reunión extraordinaria con algunas personas de la disquera, nos
necesitaba a los cinco en el hall del hotel en media hora más, era un tema
urgente que debía quedar cerrado esta misma mañana. Así que me vi en la
obligación de darme una ducha rápida y vestirme lo más normal posible y pedirle
a Sean que cuidara a los niños una media hora mientras me presentaba en dicha reunión.
–
¿Qué
pasa? – miré a Jackson.
–
Esperamos
a Lu y ya te digo – me guiñó un ojo.
Sullivan llegó
tarde, riendo por alguna cosa (quien sabe
qué), y comenzamos.
–
La
disquera propuso grabar todo el día de hoy para incluirlo en el DVD como parte
extra de un documental de “Nevinger in France: Au Revoir Europe”
–
¿Y eso?
– se sorprendió Mischa.
–
Pues
mañana es el último show de la banda aquí en Paris, y como ya se grabó el
concierto en Troya, y mañana acaba la gira, la disquera propuso la idea de
acabarlo grabando un día con ustedes, capturando el momento en que ríen, en el
que comen… en el que son como el resto de las personas – dijo convencido
Jackson.
–
Me
parece una idea interesante – reí.
–
A mi
también, suena divertido – me acompañó Lu.
–
¿Están
de acuerdo entonces?
–
Claro
que sí, vamos a demostrar que somos personas comunes con vidas raras – dije
como autoridad.
–
Me
gusta eso – rió Jackson mientras aplaudía.
Y antes de que
pudiéramos hacer otra cosa, Jackson llamó a dichas personas para decirles que
habíamos aceptado el trato. Rápidamente todos subimos a cambiarnos de ropa,
peinarnos, prepararnos para vernos bien incluso en nuestro peor momento; eso
sí, tuvimos un acuerdo con Jackson, y fue que nuestras familias y acompañantes
pudieran participar de esta locura.
Mientras nos
arreglábamos, unas dos cámaras aparecieron afuera de nuestras habitaciones y
comenzaron a grabar todo desde el primer momento, provocando risas y miradas
extrañas entre todos nosotros, era gracioso y un poco perturbador, pero no nos
molestaba tanto…
Partimos entonces
al lugar en donde podríamos ensayar un poco a estas horas de la mañana… eran
apenas las 10, era muy temprano para que fuéramos a un bar o a comer a algún
lado, más que mal ya habíamos desayunado. Las cámaras captaban todo, hasta los
comentarios sin sentido que a veces existían entre yo y Mischa, haciendo reír
incluso al más serio, como lo era Ville, mi cuñado.
Cuando entramos al
lugar en donde ensayaríamos, los niños corrieron por todas partes, provocando
gritos en Mischa y Lu, como madres responsables, diciendo a los pequeños que no
corrieran por ahí sin tener cuidado; me daba mucha risa verlas gritar así,
todos reímos, era inevitable…
–
¿Y tú
porque no les gritas también a los tuyos? – me preguntó un camarógrafo.
–
Porque
ya estoy acostumbrada a que corran y hagan destrozos, va en su ADN – reí –
Gritar es una perdida de tiempo, lo harán de todos modos…
Y él rió con ganas.
Todos partimos al lugar en donde estaban nuestros instrumentos para poder
comenzar y darles a los presente lo que querían ver, oír… y sentir hasta en el
roce del aire con su piel.
–
¿Están
preparados? – los miré a todos desde en frente del micrófono.
–
Siempre
estamos preparados para ti – dijo Sean lanzándome un beso.
Entonces mi voz
comenzó a expandirse en el lugar, con los ojos cerrados pude percibir el
escalofrío que recorría todos los cuerpos presentes incluso los de mis hijos,
junto a mí Mischa me sonreía aprobando el tono de mi voz, al igual que Lu al
otro costado quien movía su cabeza al lento compás que las guitarras estaban
llevando acabo. Cada vez que me subo a un escenario junto a estos chicos… me
transformo en otra persona, como si ellos sacaran lo mejor de mí incluso cuando
puedo ser la peor persona del mundo.
Las viejas melodías
de la banda hacían que la melancolía se presentara dentro de todos, las viejas
canciones eran incomparables incluso para el mejor crítico que las escuchase,
los presentes disfrutaban del mini show que presenciaban, no hay nada mejor que
dejarse llevar por la inspiración del momento. Podía sentir las miradas sobre
mí, sentir las sonrisas de mis compañeros y amigos, podía percibir en mi
interior que lo que estaba haciendo hacía feliz a otros, que mi trabajo no era
tan malo después de todo… al menos disfrutaba con él.
Acabado dicho
ensayo todos aplaudieron, diciendo alguno que otro piropo a todos sobre el
escenario, lo que nos hizo sonreír y sentirnos magníficos. Andréu me abrazo
como una niña pequeña y me dijo que cada día cantaba mejor, aunque en el fondo
yo sabía que solo estaba mintiendo. Muy por el contrario, a mi juicio mi voz
estaba decayendo cada día más, perdiendo la afinación, alejándose del ritmo y
mucho peor… sonando cada vez peor.
–
¿Qué
haremos ahora? – me miró Mischa, dando la espalda a las cámaras.
–
Ni puta
idea, dime a donde vamos y acabamos con esto – sonreí discreta.
–
Es muy
temprano para ir a un bar, y además estamos con los niños… eso complica un poco
las cosas.
–
Lo sé,
pero tú eres la genia, dame una idea y yo te apoyo.
–
¿Genia?
Oh que mal estas – rió – Podríamos ir a la torre Eiffel ¿no crees?
–
¡Estupendo!
Vamos allá.
Nos acercamos a los
chicos y les propusimos visitar la torre, los gritos de Lu casi nos dejan
sordos a todos, jamás la había visto tan emocionada, lo digo en serio. Los niños se pusieron felices y los camarógrafos
reían con más ganas. Y partimos allá, subimos a la gran camioneta que nos
estaba transportando todo el tiempo, encendió el motor y el radio, lo que nos
hizo cantar a todos las canciones nuevas de Metallica, escucharan ustedes como
chillaba Mischa… no hay palabras para explicar aquello.
Alex y Lu tomaban
fotografías todo el camino por las ventanas, gritando cosas en inglés que dudo
que los franceses pudieran entender, los niños estaban emocionados cantando con
todos nosotros, mientras que los maridos de las tres se reían de nosotros y
comentaban cosas con los camarógrafos.
Alrededor de una
media hora arribamos, llegamos a las orillas del centro turístico que se ubica
bajo la gran torre. Había muchos turistas, los chicos estaban maravillados con
la majestuosidad que tenían en frente, jamás creyeron que sería tan grande e
imponente, sacaron sus cámaras fotográficas y comenzaron a capturar la
maravilla, mientras que los chicos tomaban fotografías, algunas personas nos
reconocieron y se acercaron para pedirnos autógrafos, para saludarnos y claro,
también fotografiarnos.
Los mismos
camarógrafos estaban maravillados con el cariño que las personas demostraban
hacia nosotros, me sentía aún más conmovida al ver a pequeños niños corriendo a
nosotros felices, sonrientes y emocionados de vernos por primera vez… No pude
creer que nuestro público fuera de edades tan variadas, era realmente
alucinante.
Todos nuestros
hijos también participaron de toda la travesía, la gente adoraba a nuestros
pequeños, sobre todo a los mayores y a los “Mini-Nevinger”. ¿Habría un futuro
prometedor? Al menos tenía esperanzas de que algo bueno pasara luego del caos…
–
¿Podemos
subir ya? – rió Brian
–
Claro, ya
es hora y se nos hace tarde – rió Andréu.
–
Pareciera
que nunca hubieran venido a Paris – reí.
–
Claro que
no, tú y Andréu vivieron aquí, nosotros no – dijo Lu haciendo pucheros.
Reímos un rato muy
corto, y seguidos de las cámaras emprendimos rumbo arriba para explorar la
torre Eiffel, era un largo camino por escaleras, pero no tan extenso en
ascensor. Fuimos valientes y subimos como unos diez pisos a pie, para apreciar
el paisaje, pero luego nos agotamos y en tres grupos subimos en los elevadores
para llegar a la cima. Un guía turístico nos contó parte de la historia, nos
relató que la torre se había construido con el fin de ser una gran antena para
televisión y radio, ese era su propósito, pero luego fue llamando la atención
de las personas y fue creciendo como centro de atracción.
Disfrutamos del
ambiente, del paisaje… de todo, la vista era maravillosa, las personas eran
agradables, y el idioma era lo que más te encantaba, te hacía enamorarte de
este lugar. Ese acento tan arrastrado, sin modular demasiado… era cautivador,
te envolvía en una magia que no sabías explicar. Yo y Andréu éramos los que
debíamos hablar por el resto, ya que no tenían idea de hablar francés, eso era
gracioso… más aún cuando les decíamos cosas para que dijeran y no eran más que
cosas sin sentido.
Pasamos la tarde
allí, en la hora de almorzar visitamos un restaurante cercano a los alrededores,
bebimos unos buenos vinos, comimos una rica comida nacional y disfrutamos de un
delicioso postre. Por cuenta de la casa nos regalaron unas ensaladas nutritivas
y frescas, pese a que el frío se hacía presente.
Hicimos una buena
sobremesa todos los presentes, hubo charlas interesantes sobre cosas que
habíamos vivido a lo largo de toda la gira, sobre las cosas que hicimos y que
aún nos faltaba por hacer. Las personas que dirigían las cámaras eran bastante
curiosas, nos hacían preguntas que jamás creímos que tendríamos que responder,
aunque no nos asustaban si nos llamaban la atención, como cuando le preguntaron
a Lu que qué debió hacer para ser aceptada en la banda, o cuando le preguntaron
a Mischa que si se arrepentía de haber tenido trillizos cuando la banda estaba
en su gloria máxima… Son cosas que tal vez no son asombrosas, pero no
esperábamos que algún día nos preguntaran aquellas cosas, eran más bien como
que no venían a la situación y solo nos descolocaban.
Acabado el almuerzo
partimos a pasear por la ciudad, visitamos algunos museos y nos reímos bastante
con los comentarios que Alex y Andréu hacían, el ambiente entre nosotros era
demasiado bueno, no podíamos estar mal aunque malos pensamientos nos asechasen.
Lu, Mischa y yo no parábamos de reír por la manera en que Alex y el rubio
francés se referían a las esculturas extrañas que habían allí. Sean no se
despegaba de mí por nada, pero si estaba atento a los niños que corrían por
ahí, riendo y echando carreras con los otros hijos de Lu y Mischa.
–
Mientras
no rompan nada… estará todo bien – rió Alex.
–
¿Y si
lo hacen qué? – rió Mischa.
–
Pues
tendrás que correr con los gastos – dijo Andréu.
–
Ah
pues, lo haré, son mis hijos, no los tuyos maldito rubio – rió ella.
Y entonces
comenzaron a discutir de bromas, provocando risas en todos nosotros.
Terminado el Tour
por la ciudad, partimos al viejo bar de la calle Bonn, una de las principales
de la ciudad. Hicimos que nuestros maridos e hijos volvieran al hotel, los de
la banda queríamos tener un poco de espacio para nosotros, ya saben… beber como
locos y molestarnos por secretos que solo nosotros sabíamos, y que claro, ahora
se harían públicos ya que hay cámaras siguiéndonos en todo momento.
Ingresamos al bar a
eso de las 22:41 horas, logrando una paz enorme al entrar y sentarnos en una de
esas mesas de media luna, así todos quedamos cerca de todos, sin excluir a
nadie. El sujeto del bar nos preguntó porque veníamos con cámaras, nos preguntó
si éramos conocidos o alguna cosa por el estilo; nosotros nos dimos el tiempo
de explicarle todo, el sujeto era agradable, no había porque negarnos al placer
de contar nuestra historia. Y muy sorprendido de todo lo que escuchó, decidió
regalarnos la primera ronda de tragos, a los cinco de la banda y a los sujetos
que venían con nosotros.
Bebimos como
condenados, riendo, gritando y creando una gran juerga en donde el silencio
abundaba, el dueño del bar sonreía al vernos así, él nos explicó que le gusta
ver a la gente feliz dentro de su recinto… casi siempre aquí solo venían parejas
para emborracharse y tener sexo luego en algún hotel cercano. Pero ese no era
nuestro caso, creo.
Vodka, whiskey,
brandi, tequilas, ron, y quien sabe que otra clase de cosas ingerimos esa
noche, uno tras otro, como si de verdad la sed nos matara o como si el alcohol
no dañara nuestra resentida garganta, más aún la mía, que cada día estaba peor.
–
Ustedes
si tienen aguante – rieron ellos.
–
Nadie
puede superarnos – rió Andréu.
–
Ya veo
porque dicen que la vida de un músico es algo extrema…
–
Esto no
se compara con nada – dije yo bebiendo.
–
Deberíamos
invitarlos más seguido, se nota que les hace falta fiesta – rió Mischa en mi
oreja.
–
Les
hace falta fiesta, buena ropa y sentido del humor – agregó Lu derramando un
trago sobre la mesa.
Todos la regañamos,
ella ya estaba borracha, pero de todos modos no podíamos parar de reírnos,
incluso respirar nos causaba gracia.
Luego de reír como
unos maniáticos y beber como unos sedientos piratas, comenzamos a charlar; la
hora de las bromas desubicadas entraba en acción, eran bromas pesadas, crueles
pero eran reales. Solíamos hacerlo todo el tiempo, como para tolerarnos incluso
cuando ya queríamos solo matarnos entre nosotros.
Nada parecía fuera
de lo normal, ya estábamos acostumbrados a este tipo de situaciones, el
problema es que las cámaras captaban todo, y si no editaban bien las cosas…
saldríamos gravemente perjudicados. Lo digo por el hecho de cada uno de
nosotros tiene temas “pendientes” con figuras públicas muy conocidas, de
diferentes ámbitos, pero todos son conocidos… Por eso no era bueno salir con
los chicos de la banda y relajarse mucho, nuestros secretos salían a la luz
tarde o temprano, peor hubiera sido traer droga a Francia, al menos no se nos
ocurrió hacer eso.
–
Creo
que ya es hora de volver a casa, serán las 3 de la mañana – dije.
–
Sí,
mañana tenemos que dar un concierto… debemos descansar – me apoyó Mischa.
–
Está
bien… ¿Taxi? – rió Andréu.
–
Nos
vamos en dos grupos, la van no vendrá por nosotros a estas horas – rió Lu.
Y así lo hicimos.
Todos borrachos, mareados y riendo como locos, salimos del bar en dirección a
la calle, seguidos nuevamente por las cámaras que dejarían de grabar en el
momento que entráramos a nuestros cuartos y le dijéramos que ahí acabó el día.
Mischa, Lu, un
camarógrafo y yo nos fuimos en un taxi, en el primero. En el segundo se fueron
Andréu, Alex y el otro camarógrafo. Llegamos al hotel muy rápido, tal vez en
unos diez minutos… o quizás menos. Nos despedimos todos y nos fuimos a la cama,
agotados y más que nada ebrios a más no poder.
Me di una ducha con
mi marido que despertó cuando entré al cuarto no pudiéndome mantener en pie,
quebrando así un jarrón que había junto a la puerta. Fue una dulce noche, llena
de caricias y placer, de lujuria y amor que desbordaba por completa la tina de
ese baño en el hotel… en mi cuarto del quinto piso, con vista al centro de París.
–
Te amo
tanto – se depositó su boca en la mía.
–
Y yo a
ti mi amor, no tienes idea de cuanto te amo…
Su voz reposaba muy
cerca de mi oreja, diciendo que nada en su vida tenía sentido si yo no estaba
con él. Sus manos acariciaban todo mi cuerpo, logrando así que la melancolía se
marchara al menos por unos momentos. Que pena me daba tener que arrebatarme a
mí misma todos estos lujos de existir… de esta exquisita sensación de ser amada
como ninguna otra, de ser tan feliz con personas que en verdad me valoran… pero
que tarde o temprano tendrán que dejarme ir, lo quieran… o no.
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