NARRA:
Sean Flanery.
Aquella mujer
indicaba con mera pasión todo lo que Cristal ganaría iniciando su carrera
profesionalmente, exagerando sus lujos y mucho más la sobre atención que
recibirá desde el momento en que suba a un escenario y se transforme en una
figura pública. Me hacía reír la manera en que ella se expresaba moviendo sus
brazos de una manera explosiva, era gracioso; pero si entendía a la perfección
de todo lo que me hablaba, sobre los riesgos que corre exponer a una menor de
edad al mundo… No pude evitar pensar en todo lo que se dijo alguna vez sobre mi
esposa… pensar que nuestra hija tuviese que pasar por lo mismo, no me gustaba
mucho la idea.
Ya era casi medio
día cuando decidió aparecer Mischa, riendo y entregando a la sala de mi casa
una emoción innecesaria. Su carisma es simple, pero es sorprendente, no logro
comprender como soporta tanto a mi mujer, parecen tan diferentes… pero a la vez
tan iguales.
Tomó asiento junto
a mí y se unió a escuchar la charla de Gabriela, la representante de la
disquera que quería representar a los recién nuevos músicos, Daschmennt. Reía
con las cosas que Mischa imaginaba que pasarían, mucho más con las
incoherencias que me comentaba al oído, era como una niña en cuerpo de mujer…
me gustaba eso de ella, era tan espontánea que jamás te cansas.
–
Yo
acepto los términos, no parece haber nada complicado… – me miró.
–
Yo
igual, es decir, cualquier cosa extraña no dude en que nosotros actuaremos –
comenté.
–
No hay
problema, intentamos ser lo más transparentes posible – sonrió la agente.
–
¿Tienes
entendido que yo y Nixie seremos las representantes de nuestras hijas y su
banda, no?
–
Descuide
señora, está todo eso claro, mi misión aquí era solo informar sobre los
convenios que habrá entre las ganancias de la banda y la disquera.
–
Estupendo,
me gustan las cuentas claras – rió soberbia.
Un rato más de
charla bastó para que la puerta se abriera lentamente y dejara presenciar la
figura de mi esposa. Su rostro tenía una mueca poco usual y diferente a lo que
estaba acostumbrado a ver en el último tiempo. Lo único que hizo al vernos allí
fue levantar las cejas y sonreír levemente, sin decir absolutamente nada.
Mischa notó lo mismo que yo, pero a diferencia de mí ella decidió levantarse y
caminar hasta ella, le susurró algo que no logré entender y ella le respondió
‘Vamos a mi escritorio, debo hablarte de algo serio…’
Partieron así ambas
al segundo piso, dejándome intrigado respecto a la actitud de Nixie; me parecía
bastante extraño, pero ya tendríamos tiempo de hablarlo luego cuando
estuviéramos solos.
Despaché a la
agente de la disquera y no había ninguna señal de vida de alguna de las dos
Bauer, estaba comenzando a preocuparme más de la cuenta tanto silencio y
misterio en el piso superior. A eso del almuerzo llegó Norman con un vino para
la comida, ayudamos ambos a Teresa a arreglar la mesa y luego nos sentamos en
el sofá para hablar un rato sobre lo que había pasado en nuestras vidas. Le
comenté lo que pasó hace un rato, él me contó sobre la nueva temporada de una
de sus series, había temas inconclusos para ambos.
–
Este
invierno se viene bien feo – miró por la ventana.
–
¿Lo
dices por la nieve?
–
Por la
nieve, por el frío… por todo, me han pasado tantas cosas que ya ni sé si
esperar a que santa visite mí casa – rió.
–
Falta
un mes aún para que comiences a pensar en Navidad – reí – A nosotros no nos
molesta que la pases aquí…
–
No te
preocupes Sean, se que Nixie la pasa con Mischa y prefiero ahorrarme cualquier
tipo de problemas, es una fecha especial y no quiero arruinarla…
–
No seas
idiota, no hay nada de malo que vengas a cenar con nosotros – insistí.
–
Ya te
dije que gracias, pero no – tocó mi hombro.
–
No te
quejes entonces – reí.
Cuando la mesa ya
estaba lista Teresa me indicó que me sentara, Norman hizo lo mismo.
–
¿Y las
chicas? – miré a Teresa.
–
No van
a comer, dijeron que más tarde lo harían…
–
¿Pasó
algo? – me extrañé.
–
No lo
sé señor – negó.
Me parecía muy raro
que no quisieran comer, más aún con el hambre que esas dos siempre tienen. Pero
antes de que pudiera decir o hacer otra cosa, aparecieron ambas. Sus rostros
abatidos partían el alma de cualquiera que las vieran, sus maquillajes estaban
un poco fuera de lugar, sus ojos estaban lagrimeados y sus mejillas
absolutamente bañadas en saladas caricias; Mischa tomó la mano de Nixie y la
llevó hasta la puerta sin decir nada, dejándonos con Norman con un gran signo
de pregunta en la cara.
–
Saldremos
un instante – dijo Nixie sonriéndome para despreocuparme.
–
¿A
dónde van? – me levanté – ¿Qué les pasa?
–
No te
preocupes mi amor… Todo estará bien pronto – dijo con la voz pendiendo de un
hilo.
De un momento a
otro se abalanzó sobre mí, robándome el aliento desde lo más profundo, llorando
como una novia desconsolada pero besándome con esa pasión que me enamoró de
ella, arrastrando mi lengua a su boca para sentirla solo suya, rozando su nariz
con la mía tan solo como ella sabe hacerlo.
–
Volveré
pronto… – susurró con los ojos cerrados, sosteniendo mi rostro.
–
No
tardes… por favor… – susurré con ganas de más.
–
Descuida…
La vi marcharse,
siendo jalada de la mano por su mejor amiga, desapareciendo sus figuras
sensuales tras esa gran puerta que me hacían preguntar en mi subconsciente ¿Qué era lo que estaba sucediendo?
Pasamos la tarde
con Norman hablando y hablando sobre nuestros asuntos, disfrutando de mis hijos
que llegaban de la escuela en sus últimos días de clases antes de salir de
vacaciones para irnos a Europa con Nevinger en su pronta gira continental.
Todos me preguntaban en donde estaba mamá y era difícil tratar de responder,
siendo que ni yo tenía la menor idea de donde ella estaba.
Ayudé a los
pequeños a hacer sus tareas y acabar unas manualidades a los gemelos, ya iban
en su primer año de escuela, eran un par de remolinos que no podían ser
detenidos por nadie. Me hacía gracia imaginar todo el caos que existía en su
salón cuando ellos entraban en acción… de solo imaginarlos sonreía al instante.
Norman se marchó a
eso de las siete de la tarde, luego de haber compartido toda la tarde en casa
conmigo y mis hijos, además de arreglar nuestros asuntos sobre unas prontas
salidas para distraernos un rato. Pese al buen rato, seguía preocupado por la
ausencia de mi esposa, haberla visto salir tan mal me hacía preocupar mucho
más.
–
¿Dónde
está mamá? – me miraba Cristal mientras bebía su gaseosa junto a mí en el sofá.
–
Ni idea…
–
¿Ha
pasado algo? – levantó una ceja tal como lo hacía ella.
–
No sé
hija, llegó extraña y se encerró a hablar con Mischa en el escritorio,
estuvieron allí como tres horas y luego salieron ambas llorando… hasta ahora
que no tengo ni idea de donde está ni mucho menos lo que le pasa – elevé mis
cejas.
–
Mamá no
suele hacer esas cosas…
–
A tu
madre no le gusta preocupar a nadie con sus líos, pero a veces lo hace
inconscientemente.
–
Lo sé…
¿pero has intentado llamarle?
–
Claro
que si – miré la hora – Lo he hecho toda la tarde y lo apagó.
–
Tranquilo,
si salió con tía Mischa es que está bien, quizá debían hablar sobre algunas
cosas que no debías oír… Sabes como es ella – sonrió un poco preocupada.
–
Por eso
estoy preocupado.
Ella me observaba
con compasión, sabiendo como me sentía. Pero no pasaron más de quince minutos
para que la puerta diera paso a mi esposa quien llegaba sola y con una
melancolía en su rostro; me puse de pie y la miré desconcertado, ella se acercó
a mí lentamente y se apoyó en mi pecho como una niña desprotegida, cerró sus
ojos y me apretó con sus dos brazos, atrayéndome a ella con presión. La abracé
y besé sus cabellos al sentirla llorar, acaricié lo más que pude toda su
espalda y parte de sus brazos sin siquiera comprender lo que la tenía tan mal,
Cristal nos miraba embobada y un poco perturbada al no saber que pasaba,
entonces se puso de pie para irse a su cuarto y su madre la detuvo.
–
Te amo
hija, eres lo más maravilloso que podría haberme pasado en la vida… – la abrazó
de improviso.
–
Yo
también te amo mamá… ¿Te sucede algo? – se extrañó la rubia.
Nixie la miró con
los ojos lagrimosos y negó con su cabeza sonriendo… en verdad no entendí nada.
Y como ya se hacía
tarde, los niños ya estaban durmiendo y Teresa acababa de limpiar unos platos,
Nixie tomó mi mano con suavidad como nunca antes y tal como una niña inocente,
dulce y cuidadosa, me llevó al cuarto arriba, cerró la puerta tras de nosotros
y caminó lentamente hasta el borde de la cama. Desabrochó mi camisa botón por
botón, con una lentitud excitante, sus ojos estaban marchitos pero se veían
lindos pese a la agonía que los inundaba; tomó mi rostro y me besó con pasión
una vez más, introduciendo su lengua en mi boca lentamente, logrando que
nuestras carnosidades danzaran en un solo compás, al mismo ritmo… en la misma
melodía.
No pude aguantar
las ganas de acariciarla, poco a poco quité su sweater largo y luego ella quitó
mi camisa lanzándola hacia algún lugar, pero antes de que pudiera comenzar
cualquier cosa ella me miró a los ojos muy atenta, buscando algo en mi mirada
con una desesperación aterradora.
–
¿Puedo
confesarte algo? – dijo bajito.
–
Todo lo
que quieras…
–
Te amo,
pero… quiero que me perdones – sus ojos se cristalizaron.
–
¿Perdonarte?
¿Por qué? – me extrañé.
–
Porque
soy una idiota… porque te hice tanto daño sin medir consecuencias – comenzó a
llorar – No sabes lo feliz que me haces mi amor. Muchas veces cometí errores, y
jamás te pedí perdón…
–
Tranquila
mi vida – la acurruqué contra mi dorso desnudo – No hay nada que perdonar, eso
ya es parte del pasado…
–
Sean,
yo te amo como nunca amé a nadie, eres el pilar de mi vida… por favor,
perdóname…
–
Está
bien, te perdono… ahora tranquilízate – besé su cabeza.
–
No
quiero perderte nunca…
–
Nunca
lo harás – la miré a sus ojos lagrimosos.
–
No
estés tan seguro de ello…
Y antes de que
pudiera decir cualquier otra cosa me besó, sujetó mi cabeza con fuerza para así
no poder despegarnos durante toda la noche. Con su fuerza me llevó hasta la
cama en donde comenzó a acariciar mi desnudo pecho y con una lujuria asombrosa desabrochó mis pantalones, mis manos quitaron
su corpiño y pantalón. Nuestras bocas estaban en llamas, sin nombrar que la
adrenalina que existía en mi ropa interior solo quería explotar…
Como hace tiempo no
lo hacíamos, el sexo entregado aquella noche nunca se detuvo, horas y horas.
Mucho sudor, gemidos por todas partes, nuestra poca ropa estaba dispersa
alrededor de nuestra cama matrimonial, su cabello se movía al compás en que mi
entrepierna la penetraba con fuerza para hacerla gritar; ambos cuerpos
permanecían en sintonía… moviéndose para complacer al otro en toda su
expresión. Su rostro me encantaba, verla cerrar los ojos de esa manera tan
exquisita me incitaba a no detenerme, aunque la gente nos oyera… los gritos no
se retenían, sus grandes labios chocaban con los míos a cada instante a tal
punto de que hasta nuestros dientes solían impactarse con pasión. La cama se
movía, las sábanas solo estorbaban y la suave brisa que entraba por el ventanal
de nuestro cuarto nos pedía que nos calentáramos lo más que pudiéramos.
Cuando acabamos de
hacer el amor ya había amanecido, el sol entraba por nuestra ventana y el frío
de madrugada se hacía presente, desnudo me digné a cerrar el ventanal sin pudor
a que alguien me viera sin ropa a través del vidrio. Ella sonreía reposando
sobre las almohadas que adornaban su tan reluciente cuerpo sudoroso casi
imperceptiblemente. Caminé hasta ella observándola atento, apreciando cada
detalle de su tatuado cuerpo, de aquellas largas piernas tan blancas y delgadas
que las chicas envidian tanto, de ese cabello anaranjado que hace resaltar su
belleza… de su completo todo.
–
Esta
mañana estás hermosísima – le dije al recostarme junto a ella.
–
Ven más
acá que hace un frío terrible – sonrió tiernamente.
–
¿No
estás cansada? – hice caso.
–
Claro
que sí, pero valió la pena ¿no lo crees? – rió coqueta.
–
Más que
eso… Pero hay algo que no me has dicho
¿qué fue lo que pasó ayer?
–
Olvídalo,
no es nada importante…
–
¿Cómo
que no? Me asusté bastante al verte tan mal – se acurrucó en mi pecho.
Entonces sus ojos
volvieron a decaer, su sonrisa se apagó casi de inmediato. Con ambas manos
acarició mis mejillas y besó superficialmente mis labios, ella sonrió al mismo
tiempo que yo. Sus pechos eran aplastados contra el mío, sus piernas jugaban
fregándose en las mías y ella reía al sentir el roce de nuestras entrepiernas
de una manera cosquillosa.
–
Me haré
un tatuaje nuevo – sonrió encogiendo sus ojos.
–
¿Ah si?
–
Sí,
llevaré tu nombre en mi escote…
–
¿Lo
dices en serio? – me sorprendí, sonreí.
–
Claro,
llevo a todos nuestros hijos, todas sus iniciales en mi columna, de menos a
mayor… pero no llevo tu nombre y creo que es necesario – acarició mis labios
con su dedo índice.
–
Sabes
que no es necesario que lo hagas mi amor, ya sé que me amas, un tatuaje no
marcará la diferencia.
–
Para mí
si, así te llevaré conmigo siempre, hasta la eternidad…
–
Si así
lo quieres, yo también llevaré tu nombre ¿dónde quieres que lo lleve? – sonreí.
–
Pues
donde tú quieras que esté en tu cuerpo – rió.
–
Aquí
estarás siempre – apunté mi pecho – En un recuerdo latente que jamás
desaparecerá…
Ella sonrió
conmovida, sus ojos volvieron a cristalizarse y me besó una vez más con esa
pasión desorbitante que cada día me encantaba más.
Permanecimos
acostados allí hasta que conciliamos el sueño en un rato, para poder descansar
tras la agitada noche que habíamos tenido. La pasión, el deseo y más que nada
el amor se hacía presente entre nosotros de una forma más fuerte, de una manera
especial que escondía algo… algo que le estaba dañando de tal manera que sus
ojos permanecían en un constante interrogante ante cualquier cosa.
Y el tiempo avanzó,
la Navidad llegó, el año nuevo también se hizo presente y dimos inicio a la
gira europea, el avión lo abordamos el 2 de enero, con mi nuevo tatuaje y el de
Nixie, el cual sería un sello que nos uniría por y para siempre, sin
arrepentirme de nada de lo que había pasado, asumiendo errores, afrontando
penurias que jamás nos vencerían porque ahora estábamos juntos todo el tiempo,
sin excepción.
–
Odio la
comida de Alemania – reía Lu.
–
Acostúmbrate,
debemos dar tres conciertos aquí – rió Nixie.
–
Hay que
hacer del momento intenso – sonrió Mischa al mirar a su hermana.
–
¿A qué
hora debemos volver al hotel? – pregunté.
–
Tenemos
tres horas para visitar la ciudad y luego volvemos al hotel para que nos manden
al estadio para presentarnos esta noche – dijo Jackson.
–
Estupendo,
a comer se ha dicho – rió Andréu.
El ambiente entre
todos era bueno, era raro estar junto a otras cuatro familias. Es decir, ellos
eran la familia completa, pero era una de las pocas veces que habíamos viajado
con todos los hijos y las parejas de cada uno, sin contar que con las otras dos
bandas que estábamos se mantenía un clima más escandaloso, sobre todo con Corey
Taylor… el idiota seguía insistiendo en algo que ya no podría ser. Sólo debía
resignarme ante cualquier cosa, poder controlarme esta vez no era más que nada
algo placentero, porque ahora más que nunca Nixie estaba llevando nuestra
relación sin escrúpulos, sin miedo a mostrar lo que sentía en el lugar que
fuera, me amaba en completa forma en todas partes, a todas horas… Aunque sé que
algo no anda bien, prefiero aprovechar el momento, más que mal esto no puedo
discutirlo, soy el hombre más feliz del mundo.
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